ACERCATE A CARLOS MARX

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el capitalismo,por karl marx

PASIONARIA SIEMPRE

jueves 17 de septiembre de 2009

La crisis capitalista según Marx

Francisco Umpiérrez Sánchez


"La razón última de todas las crisis reales es siempre la pobreza y la limitación del consumo de las masas frente a la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuviesen más límite que la capacidad absoluta de consumo de la sociedad". Karl Marx

Pequeña introducción

Algunas personalidades de la izquierda radical me vienen solicitando desde agosto que elabore un trabajo sobre la crisis. Quise responder al instante, pero no pude con el compromiso. Me tropecé con dos dificultades: la primera, no tenía actualizado muchos conceptos de El Capital, y la segunda, me veía obligado de continuo a intercalar conceptos aclaratorios que afectaban al orden de la exposición. Así que no tuve otro remedio que ponerme a estudiar de nuevo el libro primero y el libro tercero de El Capital.

Una cosa vi clara desde el principio: la izquierda radical necesita de los conceptos de El Capital para representarse el mundo capitalista de un modo diferente de como se lo representa la burguesía. Pues sucede que muchos trabajos que se hacen desde la izquierda reformista y la izquierda radical utilizan preferentemente conceptos de la economía convencional. Y de ese modo no escapan de la lógica del capitalismo.

Quisiera advertir que elaboraré algunos conceptos elementales de la teoría económica marxista que para muchos son conocidos. Pero en ocasiones los conceptos elementales no se dominan tanto como se cree, y lo peor: no se usan en el análisis. Así que deberíamos preguntarnos qué sentido tiene conocer los conceptos elementales de la economía marxista y después no usarlos en el análisis del capitalismo. Se produce aquí un gran error en la ideología de muchas personalidades de la izquierda radical: divorcio entre el carácter universal de los conceptos que supuestamente tienen en la cabeza y el carácter particular del capitalismo realmente existente. Otra advertencia: cuando elaboro este tipo de trabajo, siempre pienso en un lector que desconoce casi por completo la teoría económica de Marx. No es que rebaje el nivel teórico de la exposición, sino que no doy nada por sabido. Creo que de este modo el número de lectores al que puede ser accesible este artículo será mayor, y esto irá en beneficio de la causa socialista.

El modo de exposición

Con este trabajo no pretendo responder de modo inmediato sobre las causas de la crisis. Las causas inmediatas o aparentes de la crisis ya han sido expuestas por la mayoría de los analistas de la izquierda reformista: la avaricia y la desregularización de los mercados financieros. Lo que pretendo es aprovechar la oportunidad para poner en circulación un conjunto de conceptos de El Capital de Karl Marx que nos ayuden a representarnos de modo científico la naturaleza del modo de producción capitalista y las condiciones que hacen posible la crisis. En eso consistirá la segunda parte de la exposición, mientras que en la primera parte someteré a crítica la explicación de las causas de la crisis según la izquierda reformista.

La avaricia

Algunos analistas han presentado a la avaricia como una de las causas principales de la crisis financiera. Esta explicación adolece de dos defectos: uno, presenta un rasgo esencial del sistema capitalista, la avaricia o acumulación insaciable de riqueza por parte del capitalista, como un rasgo accidental y ocasional, y dos, explica el acto de la avaricia como una consecuencia de un rasgo de la subjetividad: ser avaricioso. Cuando lo correcto bajo el punto de vista científico sería explicar qué condiciones objetivas hacen posible que una persona sea avariciosa. Esto es como si le preguntáramos a un especialista por qué A asesinó a B, y nos respondiera: porque es un asesino. El analista lo único que ha hecho es sustantivar el verbo y, por consiguiente, no ha dado explicación alguna sobre las condiciones objetivas que hacen posible la realización del acto.


Por avaricia debemos entender el afán desmedido de acumular riquezas o el sentimiento de placer que experimenta una persona con la acumulación de riquezas. Pero una de las leyes fundamentales del capitalismo, desde la acumulación originaria allá por el siglo XVI hasta el presente siglo XXI, es la acumulación.

En aquel entonces utilizaron la violencia, hoy día, entre otras cosas, utilizan el sistema de crédito. Marx lo deja bien claro: "Producción de plusvalía o la obtención de ganancia es la ley absoluta de este modo de producción". Y la utilización de la plusvalía como capital o reconversión de plusvalía en capital se llama acumulación. No observamos otra cosa en el mundo capitalista que una constante e imparable acumulación de riquezas en pocas manos y una infinita pobreza por toda la faz de la tierra. Así que es un error teórico presentar la avaricia como causa de la crisis financiera actual, cuando es un rasgo sustancial del capitalismo presente en toda su historia.

El mercado y la regulación

Muchas voces autorizadas han afirmado que la causa de la crisis ha sido la desregularización de los mercados financieros, señalando a los fundamentalistas del mercado como los responsables de la misma. De este modo presentan la crisis como fruto de la contradicción existente entre el mercado libre y el mercado intervenido. De esta concepción participan muchas cabezas pensantes de la izquierda radical.

A este respecto hay que dejar claras dos cuestiones. Primera, este debate es un debate sobre el mecanismo económico empleado para el desarrollo de las fuerzas productivas, mercado libre o mercado regulado, y no sobre la forma específica del modo capitalista de producir riqueza, y segunda, es un debate en el seno de la propia burguesía. Ha quedado marginada de este debate la contradicción entre propiedad privada y propiedad pública. Desafortunadamente siguen habiendo muchos sectores de la izquierda radical que identifican el modo de producción capitalista con el mercado. De manera que el problema no se plantea como debería plantearse desde las posiciones de la izquierda radical, esto es, como una contradicción entre un mercado capitalista y un mercado socialista. Sin duda que un mercado socialista, un mercado donde predominara la propiedad pública, en especial la propiedad estatal, sería un mercado más regulado y controlado que un mercado donde predominara la propiedad privada.

La intervención del Estado o la necesidad del socialismo

Ha estallado la crisis en el corazón del capitalismo mundial: EEUU. Y el Estado ha tenido que intervenir. De entre sus múltiples intervenciones la más llamativa al principio fue que tuvo que emplear 140.000 millones de dólares para salvar a los dos gigantes hipotecarios del país: Freddie Mac y Fannie Mae, que tienen en su poder la mitad de las hipotecas. Pero más impactante fue la aprobación por parte de la cámara de representantes de una inyección de 700.000 millones de dólares para sanear el mercado financiero. Y la sorpresa definitiva ha sido las nacionalizaciones de los bancos que se ha producido en la vieja Europa. De aquí extraemos una evidente conclusión: es el propio capitalismo quien en su desarrollo demuestra la necesidad del socialismo, la necesidad de la propiedad pública estatal.

La diferencia entre el socialismo defendido por Marx y el defendido por los socialistas utópicos estribaba en lo siguiente: mientras los socialistas utópicos se dedicaban a imaginar la sociedad del futuro, Marx se dedicó a estudiar la sociedad del presente, el capitalismo, y a descubrir los gérmenes del socialismo. No se trata de estar a favor o en contra de la propuesta de Bush, de lo que se trata es de señalar que el más grande de los liberales se ve obligado a reconocer la necesidad de la intervención del Estado en la economía capitalista, para que ésta se desenvuelva de forma armoniosa.

¿Se podría ir más lejos en el camino del socialismo?

En ocasiones se confunden las tareas teóricas con las tareas prácticas. Como dije en el apartado anterior la cuestión científica clave para los seguidores de Marx es conocer del modo más profundo el capitalismo y descubrir en su seno las tendencias y gérmenes del socialismo. Esa es la tarea del científico: demostrar la necesidad de la existencia de determinados entes y relaciones. Y si esa demostración se da de modo práctico, si es la nación más liberal que existe en la faz de la tierra quien reclama la intervención del Estado en la economía capitalista, pocos esfuerzos teóricos y de convicción hay que hacer.

Otra cuestión es el análisis del problema bajo el punto de vista práctico. Ya que la necesidad de la intervención del Estado es incuestionable, ya que las pérdidas deben tener una solución socialista, lo consecuente sería entonces que las ganancias tuvieran también una solución socialista. Y para hacer posible que las ganancias fueran socialistas, las más grandes empresas de EEUU, incluyendo a los bancos, deberían ser de propiedad pública. Pero para lograr este objetivo es necesario que exista un partido político con este ideario, que tenga una amplia base social, y que disponga de una amplia representación parlamentaria.

El punto de vista del ahorrador

Una gran parte de los análisis sobre la crisis se hace desde el punto de vista del ahorrador. De hecho las medidas de los gobiernos occidentales, aumentando la cuantía de la garantía de los depósitos, buscan tranquilizar a los ahorradores. Hay un trabajo de Leopoldo Abadía, cuyo punto de vista es la del pequeño ahorrador, que ha tenido muy buena acogida entre los internautas. Su página Web ha recibido más de un millón de visitas. El asunto es seguirle el rastro al dinero. Pero al adoptar el punto de vista del pequeño ahorrador, el camino que sigue es erróneo. Estamos hablando de las hipotecas subprime, de créditos concedidos a personas que no pueden pagarlas. Se trata de que al señor A se le ha concedido un crédito hipotecario para que le compre una vivienda al señor B.

El dinero pasa, primero, del banco al señor A, y después, del señor A al señor B. El dinero que busca el ahorrador lo tiene el señor B. Pero Leopoldo Abadía le sigue la pista al título de deuda que está en el banco, donde dice que el señor A le adeuda una determinada cantidad de dinero, en vez de seguirle la pista al dinero o al valor que expresa este dinero.

Sigamos: el señor A le entrega el dinero al señor B, y el señor B le entrega una vivienda al señor A. Por lo tanto, el mismo valor que antes existía en forma de dinero en manos del señor A, existe ahora en forma de vivienda. Pero el verdadero dueño, el dueño nominal de la vivienda, es el banco, hasta que el señor A le devuelva el dinero prestado más el interés correspondiente.

Resulta que llegado el momento, por causas varias, el señor A no puede pagar las mensualidades al banco. El banco ipso facto se hace dueño del inmueble. Por lo tanto, el dinero que el ahorrador depositó en el banco sigue en manos del banco, aunque ahora en forma de vivienda. ¿Qué deben hacer los ahorradores en caso de que vean amenazados sus ahorros? Reclamar la propiedad de las viviendas. El error de Leopoldo Abadía, como el de todos los que se sitúan en el punto de vista del ahorrador, estriba en que le siguen la pista a los títulos de deuda, esto es, al dinero ficticio, cuando lo que deberían hacer es seguirle la pista a la metamorfosis del valor, que de dinero contante y sonante se transforma en valor de uso real, a saber, en vivienda. También es cierto que una parte de esos ahorros se han transformado en sueldos y comisiones indebidos. Pues bien, que reclamen a los titulares de esos sueldos y comisiones una parte de su patrimonio. De todos modos, esos exorbitados sueldos y comisiones que se llevan tanta gente en sus funciones como intermediarios, pone de manifiesto la necesidad de poner topes superiores a los ingresos, esto es, pone de manifiesto la necesidad del socialismo.

La burbuja inmobiliaria

Hablar de las hipotecas subprime y de la burbuja inmobiliaria sin hablar del precio del suelo es un grave error teórico y práctico. Se nos habla de la especulación que ha habido en este sector, pero mejor sería hablar de la enorme explotación a la que se han visto sometidos los trabajadores y de la que participan amplios sectores de la clase media. El culpable: la propiedad privada sobre el suelo y el mercado libre de los precios del suelo. Otro culpable: el mercado libre de los alquileres. El Estado ha tenido que intervenir en el mercado financiero y ha tenido que nacionalizar parcialmente algunos bancos. Pues lo mismo debe hacer y con carácter de urgencia en el mercado del suelo. Los precios de las viviendas se dispararon hacia las nubes fundamentalmente por el precio del suelo, no por el valor de construcción de las viviendas. Ha habido muchas personas que se han enriquecido y se siguen enriqueciendo de manera desproporcionada con la venta de suelo para viviendas.

El método es fácil, y fácil en el modo de producción capitalista: yo compro hoy un terreno en 60.000 euros y lo vendo dentro de cinco años en 130.000 euros o más. ¿Y por qué lo puedo vender más? No porque yo lo haya trabajado o haya tesoros escondidos en él, sino sencillamente porque el Ayuntamiento ha declarado que la zona donde está mi terreno es urbanizable.

Así que la burbuja inmobiliaria no se hubiera producido y se evitaría que se produjera en el futuro, si el Estado interviniera en los siguientes ámbitos: uno, prohibir que cualquier particular sea propietario de terrenos que excedan determinada extensión, dos, los precios del suelo deben ser regulados por el Estado para evitar los enriquecimientos súbitos y desproporcionados, y tres, obligar a los particulares, cuando estos no lo van a usar durante un plazo de cinco año, a vender el suelo para la construcción de viviendas. Cuando Leopoldo Abadía se pregunta dónde está el dinero que ha desaparecido de los bancos, habría que responderle que una buena parte del mismo está en quienes vendieron el suelo.

Capitalismo y valor mercantil

El valor de toda mercancía producida en régimen de producción capitalista, M, se representa en la fórmula: Valor mercantil = capital constante + capital variable + plusvalía. En adelante, M = c + v + p. El valor de los coches, del alimento, de las viviendas y de todas las mercancías se representa mediante esta fórmula. Para los marxistas esta fórmula es fundamental, puesto que sirve para explicar cómo se conserva y se crea el valor. Los economistas convencionales carecen de alguna fórmula parecida. Demos una explicación sencilla de lo que representa esta fórmula. El capital constante es el valor de los medios de producción, maquinarias y materias primas, consumidos en la elaboración de las mercancías, el capital variable es el valor de la fuerza de trabajo empleada, y la plusvalía o ganancia es el valor excedente del que se apropia el capitalista. La tarea de los trabajadores es doble: conservar el valor del capital y multiplicarlo. Y la multiplicación del valor se llama valorización.

Para los marxistas la cuestión clave aquí, además de la conservación del capital, es el hecho de que la plusvalía o ganancia la producen los trabajadores y se la apropia el capitalista. Las crisis se deben justamente a que los salarios, el capital variable, se mantienen en unos límites muy estrechos, mientras que el plustrabajo o plusvalía crece sin cesar. Este hecho se verá más claro más adelante.

Infinidad de economistas, supuestamente progresistas y de izquierda, no le dan valor alguno a esta fórmula, pero hacen mal, muy mal. No ayudan a la causa del socialismo ni a la justicia social. No están siquiera a la altura del burgués Locke, quien en su lucha contra los representantes del feudalismo defendía que el derecho de propiedad debe basarse en el derecho al trabajo propio. Hoy esta esencia económica la han difuminado los economistas convencionales y hablan de capital humano, de inteligencia, de habilidades, en fin, de una suma de rasos subjetivos con el único fin de justificar los exorbitantes sueldos que ganan los altos ejecutivos y la imparable apropiación de trabajo ajeno por parte de los grandes capitalistas monetarios y de los accionistas mayoritarios.

En la época feudal los campesinos trabajaban la mitad de la semana en sus tierras y la otra mitad en las tierras del señor. Aquí queda claro como la luz del día que los señores feudales se adueñaban de la mitad del trabajo creado por los campesinos, y la extrema riqueza de aquellos no tenía otra explicación. Pues en el capitalismo pasa lo mismo: durante una parte de la jornada laboral, el llamado trabajo necesario, el trabajador produce el salario que después el capitalista le paga, y durante la otra parte, el llamado plustrabajo, el trabajador produce la plusvalía que se reparten los dueños de los factores de producción: el banquero se apropia de la parte de la plusvalía a la que se llama interés, el dueño del local se apropia de otra parte a la que se llama renta del suelo, y el industrial o comerciante se apropia de la última parte a la que se llama beneficio. Querer ocultar que el modo de producción capitalista es un modo de explotación del hombre por el hombre, como hacen muchos economistas progresistas, es un grave atraso teórico. Y la actual crisis ha puesto de manifiesto esta cruel y descarada explotación.

Es un error igualmente ser benevolentes en el terreno teórico con una buena parte de economistas convencionales, que siendo sin duda representantes de la burguesía de izquierda, no obstante, no critican de forma radical el gran fundamento del capitalismo y las consecuencias tan inhumanas que provoca. Trascribo una cita de Marx para todos aquellos economistas de izquierda que no creen en la actualidad en el genial pensador alemán y sí en el enorme formalismo de la economía convencional, que aunque muchos la presentan como muy científica no sirve para pronosticar nada ni para demandar un cambio radical del modo de producción capitalista: "La economía política anterior partía de la riqueza supuestamente engendrada para las naciones por el movimiento de la propiedad privada, para llegar a consideraciones apologéticas sobre este régimen de propiedad. Proudhon parte del lado inverso, que la economía política encubre sofísticamente, de la pobreza engendrada por el movimiento de la propiedad privada, para llegar a las consideraciones que niegan este tipo de propiedad". Muy claro: los burgueses parten de la riqueza para hacer apología de la propiedad privada, mientras que los defensores del socialismo deberían partir de la pobreza para negar la propiedad privada. Esta conciencia y este paso radical les falta a los economistas convencionales de izquierda.

La ley de la acumulación capitalista mistificada como ley natural

Mientras la necesidad no acucia, los apologistas del capitalismo suelen despreciar las ideas de Marx, de las que afirman que están fuera de época y que, por tanto, han perdido su sentido histórico. Pero ahora, con la terrible crisis financiera que nos azota, estamos asistiendo a un reclamo del Estado y de los acuerdos colectivos por parte de los grandes mandatarios capitalistas que nadie podía imaginar, hasta el punto de que podamos escuchar declaraciones como la de Nicolas Sarkozy, "La idea de un mercado todopoderoso sin reglas y sin intervención política es una locura… La era de la autorregulación se acabó", o la de Hank Paulson, secretario del Tesoro de EEUU: "El capitalismo crudo llegó a su final", que sorprenden a todos.

En el capitalismo la fuerza de trabajo sólo es vendible a condición de que conserve los medios de producción como capital y proporcione plusvalía como fuente de capital adicional. Así que la ley de la acumulación capitalista mistificada como ley natural sólo expresa el hecho de que su naturaleza excluye todo aumento de los salarios que pueda amenazar seriamente la constante reproducción de la relación capitalista. Y no puede ser de otro modo en un modo de producción donde el obrero existe para las necesidades de revalorización del capital, para que el capital se multiplique sin cesar, en vez de que la riqueza material exista para las necesidades del desarrollo de la vida de la sociedad.

Esta inversión y enajenación inhumana, que hoy día hay que tener más en cuenta que nunca, lo expresa Marx en los siguientes términos: "Igual que en la religión el hombre es dominado por el producto de su propia cabeza, en la producción capitalista lo es por el producto de su propia mano".

Todo proceso de producción es un proceso de reproducción

Cualquiera que sea la forma social del proceso de producción, éste tiene que ser continuado o recorrer periódicamente los mismo estadios. Si hoy produces pan, mañana debes volver a producir pan. Si hoy consumiste harina para hacer pan, mañana debes volver a consumirla. Si hoy compras la harina que mañana consumirás, mañana debes volver a comprar la harina que consumirás pasado mañana. Por lo tanto, todo proceso de producción es un proceso de reproducción. Y si la producción es capitalista, la reproducción debe serlo igualmente. Esta noción elemental es importante porque las crisis se presentan como una parálisis en la reproducción.

Precio de costo y ganancia

Las relaciones de producción capitalista ocultan que el creador de la plusvalía o ganancia es el trabajador. Les recuerdo que el valor de toda mercancía producida en régimen capitalista se representa en la fórmula: M = c + v + p. Si descontamos la plusvalía al valor de la mercancía, nos quedará un valor que repone lo que le ha costado la mercancía al capitalita: c + v. De manera que para el capitalista el capital constante más el capital variable se le presenta como el precio de costo de la mercancía: pc = c + v. Y llama ganancia a la diferencia existente entre el precio a que ha vendido la mercancía y el precio que le ha costado. De manera que para el capitalista no existe capital constante, ni capital variable ni plusvalía. Sólo existe lo que le costado la mercancía, los medios de producción gastado y los salarios pagados, y la ganancia, que se le presenta no como un plusvalor creado por los trabajadores que ha contratado, sino como la diferencia entre el precio al que puede vender la mercancía y lo que le ha costado producirla. Por eso, para el capitalista la fórmula que representa el valor de las mercancías es el siguiente: M = pc + g.

Esta fórmula no expresa cómo se genera el valor, sólo expresa cuánto le cuesta la mercancía al capitalista. Marx lo expresa así: "Ya se vio más arriba que aunque p, la plusvalía, sólo brota de un cambio de valor del capital variable, después de finalizar el proceso de producción representa asimismo un aumento de valor de c + v, el capital global gastado… Así presentada, como vástago del capital global desembolsado, la plusvalía revista la forma transfigurada de la ganancia".

Cuota de plusvalía y cuota de ganancia

La cuota de plusvalía, P", se representa mediante la fórmula: P" = p/v. Esta fórmula expresa el grande de explotación de la fuerza de trabajo. Esta fórmula pone en relación porcentual la cantidad de valor nuevo con el que se queda el capitalista, la plusvalía, con el valor que se quedan los trabajadores, el salario. Por su parte, la cuota de ganancia, G", se representa mediante la fórmula: G" = p/pc. Esta fórmula expresa el grado de revalorización del capital total desembolsado. Pone en relación porcentual el valor nuevo con el que se queda el capitalista, p, con el valor del capital desembolsado, precio de costo de la mercancía. Así que dada una determinada masa de plusvalía, la cuota de ganancia siempre arrojará un porcentaje inferior a la cuota de plusvalía.

La ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia

A medida que se desarrolla el modo capitalista de producción, así ha sido desde su inicio y lo sigue siendo en la actualidad, se efectúa una disminución relativa del capital variable en relación con el capital constante. O dicho de otra forma: la inversión en capital constante aumenta proporcionalmente más que la inversión en capital variable. Gráficamente podemos decir que cada vez las naves son más grandes, hay mayor cantidad de maquinaria, se procesa mayor cantidad de materia prima, y proporcionalmente hay menos obreros. Este crecimiento gradual del capital constante, en proporción al variable, provoca inevitablemente un descenso gradual de la cuota de ganancia.

Una de las causas principales de la baja de la cuota de ganancia es el desarrollo incondicional de las fuerzas productivas. Todas las empresas buscan producir y vender lo más posible y hacerlo a los precios más baratos. Y esto sólo pueden lograrlo haciendo que sus empresas crezcan e instalen maquinarias de última tecnología. ¿Y por qué este afán por el desarrollo incondicional de las fuerzas productivas? Porque quieren quedarse con todo el mercado. Porque quieren acabar con la competencia. Todas las empresas, bajo el régimen de producción capitalista, abrigan en su seno el deseo de monopolio.

Pongamos un ejemplo para que se vean las graves consecuencias del desarrollo incondicional de las fuerzas productivas. Pensemos en un pequeño país que tiene un centenar de medianas empresas de alimentación con tecnología del año 2000. Supongamos ahora que unos inversores extranjeros instalan una macroempresa de alimentación con tecnología del año 2008. La diferencia tecnológica es tan grande que las macroempresa respecto de la mediana empresa tiene dos claras ventajas: una, necesita un 30 % menos de mano de obra, y dos, produce cinco veces más productos por unidad de tiempo. Esto provoca automáticamente dos cosas: una, el capital que representan las 100 medianas empresas se desvaloriza, y dos, una buena parte de ella, al ver disminuir su ganancia por debajo del costo, desaparece.

¿Debemos entonces permitir el desarrollo incondicional de las fuerzas productivas? Bajo el punto de vista de los intereses de la sociedad debemos responder con un rotundo no. ¿Quién debe determinar el grado de desarrollo de las fuerzas productivas? Bajo el punto de vista de los intereses de los trabajadores debe determinarlo no la competencia sino las necesidades sociales. Puesto que si algunas empresas aceleran en exceso el desarrollo de las fuerzas productivas, el daño que provoca es superior a los beneficios que reporta. ¿Estamos proponiendo acabar con la competencia? De ningún modo. Lo que estamos proponiendo es que se mantenga dentro de unos límites razonables y beneficiosos para los intereses del conjunto de la sociedad.

Las condiciones de la explotación y de la realización de la fuerza de trabajo

La obtención de plusvalía constituye el proceso directo de producción. Tan pronto como se ha objetivado en mercancías la cantidad de plustrabajo que puede exprimírsele al obrero, se ha producido la plusvalía. Pero con esta producción de plusvalía sólo ha terminado el primer acto del proceso de producción capitalista. Ahora viene el segundo acto del proceso: hay que vender las mercancías. Y hay que venderlas todas, tanto las que reponen el capital constante y el capital variable como las que representan la plusvalía. Si no ocurre así, si sólo se venden las mercancías que reponen el capital desembolsado y no las que representan la plusvalía, el obrero ha sido ciertamente explotado pero su valor de explotación no se ha realizado. (Realizar el valor de las mercancías significa vender las mercancías)

Las condiciones de explotación y su realización no son idénticas. Se diferencian en principio tanto espacial como temporalmente. Primero se explota al obrero en la empresa, cuando aquel produce las mercancías, y después se realiza la explotación en el mercado, cuando las mercancías son vendidas. Pero las condiciones de explotación también se diferencias conceptualmente de las condiciones de realización. Las condiciones de explotación están limitadas por las fuerzas productivas de las que dispone la sociedad, por el tamaño de las empresas por el nivel técnico de las máquinas y por el nivel profesional de los trabajadores, mientras que las condiciones de realización están limitadas por dos factores: uno, por la proporcionalidad entre las distintas ramas de producción, y dos, por la capacidad de consumo de la sociedad.

Con respecto al primer factor, a la proporcionalidad entre las ramas, todo el mundo lo venía cantando con respecto a la actual crisis: la rama de la construcción está teniendo un desarrollo desproporcionado con respecto a las otras ramas. Si el pago de las hipotecas absorbe la mayor parte de la capacidad de consumo de los trabajadores, necesariamente tiene que mermar la demanda del resto de los servicios y bienes de las otras ramas de la economía. Y esta desproporción más tarde o más temprano se tiene que manifestar como crisis.

Con respecto al segundo factor, a la capacidad de consumo de la sociedad, diremos que no viene determinada por la capacidad absoluta de consumo de la sociedad, sino por la capacidad de consumo a base de las condiciones antagónicas de distribución, que reduce el consumo de las grandes masas de la población a límites muy estrechos. Hoy día hay muchas viviendas que no se pueden vender porque no hay gente que pueda comprarlas. Aparentemente la situación es así. Pero no es cierto. Lo cierto es que las personas que tienen dinero no tienen necesidad de esas viviendas, y quienes la necesitan no tienen dinero para comprarlas. El hecho cierto es que en la producción de viviendas no se ha tenido en cuenta la capacidad de consumo, o mejor la capacidad adquisitiva, de las personas que las necesitan. Y por eso se ha producido en exceso: hay crisis de superproducción. Pero esto no es un rasgo accidental del capitalismo, es un rasgo periódico.

El mercado mundial como ley natural independiente de los productores

En el capitalismo predomina la competencia ciega entre las empresas. Todas buscan aumentar la productividad del trabajo para ampliar su cuota de mercado y desalojar a las empresas rivales. Si las empresas no crecen, corren el riesgo de perecer. Y el aumento de la productividad del trabajo, la introducción de nueva maquinaria con mejor tecnología que abarata el producto individual, provoca la depreciación del capital existente. Por lo tanto, el mercado tiene que extenderse continuamente y parece no tener fin. La globalización es una expresión más, un estadio de desarrollo más, de la extensión de mercado. Y resulta lo que muy sabiamente dice Marx: "Las conexiones y condiciones que regulan el mercado mundial adoptan más y más la forma de una ley natural independiente y resultan cada vez más incontrolables". No otra cosa ha puesto de manifiesto esta crisis: el mercado mundial se ha manifestado como una potencia incontrolable que ha causado daños irreparables a la economía. Y la solución se ha evidenciado con claridad en EEUU y en la UE: la intervención estatal, la nacionalización de la banca, la dirección y conciencia propias del interés colectivo y de la propiedad pública.

El desarrollo de las fuerzas productivas y la valorización del capital existente

El verdadero límite de la producción capitalista es el propio capital. El capital y su autovalorización se presentan como punto de partida y fin de la producción. Si tengo 100 euros de capital persigo que se transforme en 120, y cuando tenga 120 persigo que se transforme en 150 y así sin parar. La producción sólo es producción para el capital y, no al revés, los medios de producción medios para la extensión de la vida de la sociedad. La producción no tiene como fin y meta la vida de la sociedad y su mayor felicidad, sino el capital y su autovalorización.

Los límites en los que puede moverse la conservación y valorización del capital, basada en la destrucción del capital de la competencia y en la miseria de grandes masas a escala planetaria, están en constante contradicción con los métodos de producción que emplea el capital para sus fines. Los métodos de producción capitalistas persiguen el aumento ilimitado de la producción, tienen a la producción como fin en sí mismo, buscan el desarrollo incondicional de las fuerzas productivas. Pero como las grandes masas sociales perciben ingresos muy limitados, nunca pueden consumir todo lo que se produce y se originan las crisis de sobreproducción. Después se quejan los capitalistas de que se están vendiendo menos casas, menos automóviles y menos de todo. No puede ser de otro modo: quienes necesitan esas mercancías no pueden comprarlas porque no tienen dinero.

Así que el fin de la producción no debería ser la valorización del capital existente o no únicamente la valorización del capital existente. No se debería permitir que todo el plusvalor creado fuera destinado a aumentar de nuevo la producción, se debería limitar la cantidad de plusvalor destinado a ese fin. Se debe buscar que la producción esté al servicio de las necesidades sociales y la felicidad común. Para ello una buena parte del plusvalor debería ir a manos de sus creadores: los trabajadores. Sólo así se obtendría una mayor proporcionalidad entre lo que se produce y lo que se consume. Y las crisis no nos azotarían.

El dinero como dinero y el dinero como capital

Al dinero suele llamársele capital. Es hábito común entre los economistas burgueses. Pero esto no es cierto, todo dinero no es capital. ¿Cuándo el dinero se transforma en capital? Cuando con ese dinero se compran medios de producción y fuerza de trabajo para producir riqueza.

Si el dinero es empleado para comprar un coche, una vivienda o cualquier otro medio de consumo, ese dinero no es capital. Es cierto que los bancos prestan dinero a los ciudadanos para comprar viviendas y automóviles y les cobra un interés. Es cierto que los bancos venden ese dinero como capital, pero no se usa como capital sino como medio de compra.

La circulación del capital

La conversión de una suma de dinero en medios de producción y fuerza de trabajo es el primer movimiento que efectúa el dinero que debe funcionar como capital. Ocurre en el mercado. La segunda fase del movimiento, la producción, finaliza cuando los medios de producción con el concurso de la fuerza de trabajo se han transformado en mercancías. El valor de estas mercancías encierra más valor que el de sus componentes, esto es, contiene el valor del capital originariamente desembolsado más una plusvalía o ganancia. La tercera fase del movimiento también transcurre en el mercado: hay que vender las mercancías producidas, transformarlas en dinero para iniciar de nuevo el ciclo.

El momento más crítico del ciclo del capital se encuentra en la tercera fase. Las mercancías pueden no venderse o sólo venderse en parte. Pueden incluso venderse pero el cliente no pagarlas. Si esto ocurre, el ciclo queda roto y no hay dinero para iniciarlo de nuevo. Hay que tener en cuenta que el comprador de la mercancía, suponiendo que sea una vivienda, habitualmente solicita al banco un crédito para pagarla. El vendedor ha realizado la venta y puede iniciar de nuevo el ciclo del capital, pero puede suceder que la persona que ha solicitado el crédito no tenga dinero para pagarlo. El ciclo, por lo tanto, no ha terminado. La vivienda no se ha realizado como dinero. Permanece ahora en manos del banco como un bien patrimonial. Y si esto ocurre en cantidad, como ha ocurrido con las hipotecas subprime, se produce una crisis. Los bancos no pueden seguir concediendo créditos y se paraliza o estanca una parte de la producción.

El capital como mercancía

El dinero puede convertirse en capital sólo en el modo de producción capitalista. Y bajo esta circunstancia de un valor dado pasa a ser un valor que se valoriza. El dinero como capital produce ganancia. Pero, ¿qué quiere decir que el dinero como capital produce ganancia? Que faculta al capitalista para extraer de los obreros una determinada cantidad de trabajo no retribuido. De esta manera, además del valor de uso que posee como dinero, esto es, ser medio de compra, adquiere un valor de uso adicional: funcionar como capital. La utilidad del dinero como capital estriba justamente en la ganancia que produce. Y esta utilidad del dinero como capital, producir ganancia, hace posible que se transforme en mercancía.

Si la cuota media anual de ganancia es del 20 %, toda suma de 100 euros empleadas como capital genera una ganancia de 20 euros. Por lo tanto, si A dispone de 100 euros, A tiene en sus manos el poder de producir 20 euros de ganancia. Si A cede los 100 euros por un año a B que los emplea como capital, le dará a B el poder de producir 20 euros de ganancia. Si al final del año B le paga 5 euros al propietario de los 100 euros, le está pagando el valor de uso de los 100 euros como capital. Los 5 euros que B le paga a A se llaman interés, que no es más que un nombre especial para una porción de la ganancia que el capital en funciones tiene que abonarle al propietario del capital. Desde este momento es necesario distinguir entre el capitalista en funciones, el capitalista que realmente emplea el dinero como capital, y el propietario del capital.

Se ha instalado en la conciencia de la gente que es un hecho natural que quien deposite en un banco una suma de dinero a plazo fijo, debe entregársele a cambio un interés. Parece que es natural y razonable este hecho. Pero los marxistas deberíamos expresar este hecho de otro modo: quien deposita dinero a plazo fijo en un banco, tiene derecho a apropiarse de una determinada cantidad de trabajo ajeno. Pero la cosa no queda ahí, puesto que el beneficio del banco proviene de la diferencia existente entre el interés al que presta el dinero y el interés que paga a los depositantes. Así que los dueños de los bancos, los accionistas, al prestar dinero, tienen también derecho a apropiarse de trabajo ajeno. Hemos supuesto que de modo general el interés es un parte de la ganancia que el industrial o comerciante produce con el capital prestado.

A este respecto hay que tener en cuenta dos cuestiones. Una, si el número de personas que viven de prestar dinero crece de manera desproporcionada con respecto a las personas que producen ese beneficio, el sistema económico termina por saltar y se produce una crisis. Son demasiadas manos las que se apropian de trabajo ajeno. Aquí también debe intervenir el Estado: no se puede permitir esos descomunales sueldos e ingresos que tienen los grandes capitalistas, los altos ejecutivos, las estrellas del deporte, las estrellas de cines y un largo etcétera. Cuanta mayor masa monetaria ingrese una persona, mayor capacidad tienen para apropiarse de trabajo ajeno. Suponiendo que el tipo de interés vigente sea del 5 %, si deposito 1000 euros a plazo fijo, obtengo 50; pero si deposito 10 millones de euros, obtengo 500.000 euros. Y esto no debe permitirse, no sólo porque supone una cruel explotación, sino porque el sistema económico no puede resistirlo y periódicamente incurrirá en crisis.

La segunda cuestión a plantear es que cuando un banco presta dinero para que un asalariado compre una vivienda, el interés que paga el trabajador no proviene de la ganancia, puesto que él no emplea el dinero como capital, sino de su salario. Aquí el dinero prestado adquiere la forma de usura. Es una cruel explotación la que se realiza sobre los trabajadores. Al comprador de la vivienda lo explota primero el propietario del suelo, cuyo precio ha ascendido de manera astronómica sin haber añadido el menor trabajo al mismo, y después el banquero, que le cobra un desproporcionado interés. Aquí de nuevo debe intervenir el Estado: el interés del dinero prestado para comprar viviendas no debe exceder en ningún caso la inflación.

El crédito como mediador de toda actividad económica

En un sistema de producción donde todo el mecanismo del proceso de reproducción se base en el crédito, desde que éste cesa de repente tiene que producirse una crisis, esto es, una demanda violenta de medios de pagos. Todas las empresas solicitan crédito para comprar maquinarias y materias primas, todas tienen siempre un estado determinado de endeudamiento, siempre le deben dinero a los bancos. Igual sucede con los consumidores: solicitan créditos para comprar una vivienda, un automóvil, muebles etcétera. De manera que el sistema capitalista no podría sostenerse ni reproducirse si falla el sistema de crédito, si los bancos no prestan dinero. De ahí la necesidad irrenunciable de que el Estado intervenga en la actual crisis e inyecte dinero al mercado financiero. Si no lo hiciera, las consecuencias a corto plazo serían en parte muy graves y en parte irreparables.

Bajo el punto de vista de los intereses del socialismo nos debe alegrar que esta intervención en el caso de Inglaterra haya consistido en la nacionalización de una parte de los bancos. El Estado en algunos casos, no sé si en todos, se ha convertido en el accionista mayoritario. Creo que esta crisis ha puesto de manifiesto la importancia básica del crédito monetario y de la actividad de los bancos. También ha puesto de manifiesto la necesidad de la intervención del Estado. Por lo tanto, siendo los bancos un agente tan importante y básico para el sistema económico, se deduce con claridad la necesidad de que los bancos sean de propiedad pública y no de propiedad privada. Y no es un sueño de utópicos socialistas, sino una urgente necesidad, como ha puesto de manifiesto la actuación de los Estados capitalistas en la actual crisis financiera.

El capital ficticio

La forma del capital productor de interés, esto es, que el dinero produce más dinero, implica que toda renta regular de dinero se presente como interés de un capital, provenga o no de un capital. Primero se convierte en interés la renta monetaria, y después se calcula el capital del que aquel interés supuestamente proviene.

Pongamos por ejemplo el salario. Supongamos que una persona gane al mes 1000 euros.

Si el tipo de interés es del 5 %, los 1000 euros se presentarían como el interés que arroja un capital de 20.000 euros. El salario se consideraría aquí como el interés, y la fuerza de trabajo como el capital que arroja este interés. El absurdo de la concepción capitalista llega aquí a extremos irrisorios, puesto en vez de explicar la valorización del capital por la explotación de la fuerza de trabajo, se procede al revés, se presenta la fuerza de trabajo como si fuera un capital que arroja un interés específico: el salario. La mejor manera de desbaratar este absurdo estriba en saber que el obrero tiene que trabajar para poder obtener ese "interés" llamado salario, mientras que el capitalista monetario no tiene que trabajar para percibirlo.

Pero aclaremos mejor el concepto de capital ficticio poniendo como ejemplo la deuda pública. El Estado toma prestado dinero y emite títulos de deuda pública. Aquí el acreedor, quien posee el título de deuda, no puede romper sus lazos con el deudor, el Estado. Lo que sí puede hacer es vender a otra persona ese título de deuda. Pero lo primero que debemos ver claro es que el capital prestado ya no existe, puesto que el Estado ya se lo ha gastado. Lo único que existe es un título de deuda en manos del acreedor. Supongamos que este título de deuda tenga un valor nominal de 100 euros y que el tipo de interés sea del 5 %. El propietario del título podrá reclamar cada seis meses o cada año el 5 % que le corresponde de los impuestos recaudados por el Estado. En eso se basa su derecho de propiedad. Pero tiene otra opción: puede venderlo a otra persona por 100 euros. Pero en todos estos casos el capital sigue siendo ilusorio, ficticio. Y por dos razones fundamentales: una, porque ya se gastó, y dos, porque no se usó como capital.

Las acciones

Las acciones representan capital real, esto es, al capital invertido o pendiente de invertir en la empresa en cuestión: en maquinarias, instalaciones, materias primas, salarios, etcétera. Pero este capital no existe por partida doble: una vez como acción, como título de propiedad, y otra vez, como capital realmente existente. Sólo existe bajo esta última forma: como capital realmente existente en la empresa. Erróneamente muchos economistas convencionales llaman a las acciones capital en vez de decir que representan capital. Entre ser y representar hay una diferencia ostensible.

Supongamos que una persona A es propietaria de acciones de la empresa H. A puede venderlas a B, y B puede venderlas a C. Estas transacciones no cambian la naturaleza de las cosas. La empresa H no experimenta cambio alguno. A ha transformado sus acciones en dinero y B ha transformado su dinero en acciones. Y las acciones no son otra cosa que títulos de propiedad que dan derecho a su poseedor a percibir una parte de la ganancia generada por la empresa H.

El movimiento independiente del valor de estos títulos de propiedad provoca la apariencia de que constituyen un capital real junto al capital del que son títulos. De hecho, al poderse vender y comprar, se transforman en mercancías, cuyos precios tienen un movimiento específico. Sucede que su valor de mercado adquiere una determinación distinta de su valor nominal sin que se modifique para nada el valor real que representan. Su valor de mercado oscila con la cuantía y la seguridad de los rendimientos a que dan derecho: si la empresa en cuestión proporciona cuantiosos dividendos y es una empresa con futuro, el valor de mercado de las acciones subirá. Si por el contrario la empresa está dando pocos dividendos y sobre su futuro se ciernen malas expectativas, el valor de mercado de las acciones bajará.

Las acciones, la especulación y el tipo de interés

¿Por qué el valor de mercado de las acciones es en parte especulativo? Porque que su valor no viene determinado por los dividendos que arrojan en la actualidad, sino por los esperados, por los que han sido calculados de antemano. Y los vendedores de estos títulos siempre están dispuestos a exagerar los futuros resultados con el fin de que el precio de mercado suba. Pero supongamos que la valorización del capital de las acciones que lo representan sea constante: el 5 %, esto es, una acción de 100 euros arroja un interés de 5 euros. Si el tipo de interés sube del 5 al 10 %, resulta que la acción que garantiza un dividendo de 5 euros sólo representa un capital de 50 euros. Y si el tipo de interés baja del 5 al 2,50 %, resulta que la acción representará un capital ficticio de 200 euros. Por lo tanto, el valor de mercado de las acciones aumenta y disminuye en relación inversa con el tipo de interés. Cuanto más bajo sea el tipo de interés, el valor de mercado de la acción aumentará; y cuanto más alto sea el tipo de interés, el valor de mercado de la acción disminuirá.

En todo caso, el valor de mercado de la acción es siempre el rendimiento capitalizado, esto es, el rendimiento calculado a base de un capital ilusorio o ficticio de acuerdo con el tipo de interés vigente. De ahí que en tiempos de crisis el precio de las acciones baje por dos razones fundamentales: una, porque el tipo de interés sube, y dos, porque todo el mundo quiere desprenderse de las acciones para obtener dinero. Y esta depreciación no sólo se produce para las empresas malogradas, sino también para las que están arrojando aceptables dividendos. De manera que una vez que ha pasado la crisis, el valor de las acciones de estas últimas empresas vuelve a subir. Por último, hay que señalar que la depreciación del precio de mercado de las acciones durante la crisis se convierte en un poderoso mecanismo para la centralización de las fortunas en dinero. Puesto que quien compró la acción a bajo precio en tiempos de crisis, la vende después de la crisis a un precio más alto.

Las acciones y la plusvalía o plustrabajo

Hoy en día todo el mundo puede tener acciones, desde un simple trabajador, pasando por un miembro de la clase media hasta llegar al más grande de los oligarcas. Así que aparentemente todo el mundo se ha convertido en explotador, puesto que quien tiene una acción tiene derecho a cobrar una parte de la plusvalía producida por el capital que representa. Pero mirando las cosas más de cerca el panorama cambia. Debemos partir de la base de que todos los trabajadores, además de producir el trabajo necesario, esto es, su salario, producen plustrabajo o plusvalía, unos más y otros menos. De manera que si un trabajador es propietario de acciones por valor de 3.000 euros y cobra un dividendo anual de 150 euros, suponiendo que la valorización del capital que representa sea del 5 %, lo único que está haciendo es recuperar una parte del plustrabajo que aporta a la sociedad. Así que en este caso el trabajador en cuestión no está apropiándose de trabajo ajeno.

Distinto es el caso de una persona que tiene acciones por valor de 30 millones de euros. Cada año cobrará un dividendo por valor de 1.500.000 euros. En este caso el propietario de esas acciones sí se está apropiando de trabajo ajeno. Se trata entonces de saber cómo evitar que las sociedades por acciones permitan a sus titulares apropiarse de trabajo ajeno. La respuesta es sencilla: poniéndole un tope al ingreso y al patrimonio de cada ciudadano. Sólo así podremos evitar que las riquezas de por sí ya descomunales se vuelvan cada año más descomunales. Y la causa de las crisis se encuentra justamente en el desproporcionado enriquecimiento de unos cuantos, que como tienen mucho más dinero y propiedades que las que necesitan, nunca estimularán el consumo o sólo estimularán el consumo de productos de lujo.

El crédito y la desaparición de las justificaciones del capitalismo

El crédito brinda al capitalista individual un poder absoluto de disposición sobre capital ajeno. La globalización ha hecho que este poder absoluto llegue a extremos alarmantes y enormemente peligrosos para la salud incluso del propio sistema capitalista. Y quien puede disponer de modo absoluto de enormes cantidades de capital ajeno, le permite disponer de trabajo social y, con ello, la posibilidad de apropiarse de ingentes cantidades de plustrabajo. Desaparecen con esto todas las explicaciones y las justificaciones del sistema capitalista. Lo que arriesga el comerciante o el industrial, el emprendedor en general, es la propiedad social, no la propiedad suya. Se ha acabado la idea de que el capitalista merece ganar lo que gana porque arriesga su capital. Esa época acabó. Ahora lo que arriesga es el capital social. También será un absurdo presentar el capital como naciendo del ahorro, cuando lo cierto es que los otros ahorran para él. No sólo estriba la ganancia en la apropiación de trabajo ajeno por parte de capitalista, sino que el capital que se pone en movimiento para producir esa ganancia es ajeno. Así que si el dinero que se les presta a los capitalistas es social, social debe ser la propiedad de las empresas y social deben ser los beneficios generados por la misma.

Insistiendo en la naturaleza social del crédito

La contradicción general del capitalismo, la existente entre el carácter social de los procesos y la apropiación privada de sus resultados, se manifiesta en multitud de procesos y hechos económicos. Esta contradicción la observamos, por ejemplo, en la apropiación de la ganancia media por parte del capitalista. Todo capitalista individual extrae a los trabajadores que explota una determinada cantidad de plustrabajo. Pero el plustrabajo del que se apropia cada capitalista individual depende, no de ese plustrabajo individual, sino de la cantidad de plustrabajo total que extrae el capital global. De manera que cada capital individual se apropia de una parte de ese plustrabajo total, que puede estar por encima o por debajo del que produce de forma individual. Se impone lo social y lo social determina lo individual.

Pero este carácter social de la ganancia sólo se hace realidad de modo íntegro mediante el desarrollo pleno del sistema de crédito y bancario. Este sistema pone a disposición de los capitalistas todo el capital disponible de la sociedad. Pero con una peculiaridad sociológica muy importante: ni quien presta el capital, el banquero, ni quien lo emplea, el emprendedor, es su propietario. Se anula así el carácter privado de el capital y contiene en sí, como advierte inteligentemente Marx, la supresión del propio capital. Vemos de continuo cómo del propio capitalismo nace y se desarrolla su propia negación.

La razón última de las crisis

Para poder explicar la verdadera naturaleza de la crisis y su causa fundamental, Marx presenta lo siguientes supuestos. Uno: suponemos que toda la sociedad se compone de capitalistas industriales y de obreros asalariados. Dos: prescindimos de los cambios de precios que impiden la reposición de ciertas partes del capital. Tres: prescindimos también de los negocios ficticios y de las operaciones especulativas que estimula el sistema de crédito.

Lo que algunos analistas presentan como causa de la crisis, los negocios ficticios y la especulación, Marx nos dice que prescindamos de ellos. ¿Por qué? Porque desvirtúan la esencia del capitalismo. Pero además nos hace una pequeña anotación muy importante: esos negocios ficticios y esas operaciones especulativas son estimulados por el crédito. ¿Por qué? Por la razón que se dio antes: porque los bancos ponen a disposición de los capitalistas o de los que se hacen pasar por capitalistas todos los ahorros de la sociedad.

Pues bien, una vez establecidos aquellos supuestos, Marx explica que la crisis sólo podría explicarse por dos razones: una, por la desproporción de la producción en las distintas ramas, y dos, por la desproporción entre el consumo de los capitalistas y su acumulación. Con respecto a la desproporción entre ramas es manifiesto que el sector de la construcción creció de forma desproporcionada respecto del resto de los sectores económicos. Pero también creció de forma desproporcionada el sector del automóvil y el sector de la telefonía móvil y otros sectores. De ahí que se produzca, de momento, una baja en la venta de viviendas y de automóviles.

Con respecto a la segunda causa, la desproporción entre el consumo de los capitalistas y su acumulación, diremos lo siguiente. La reposición de los capitales invertidos en la producción (en la producción de casas, por ejemplo) depende de la capacidad de consumo de las clases no productivas, de los rentistas, de los ricachos, pero éstos no tienen necesidad de comprar casas, porque ya las tienen y de sobra. Mientras que la capacidad de consumo de los trabajadores está limitada por las leyes del salario, que para una gran mayoría social sólo da para llegar a fin de mes. Los obreros son quienes necesitan las viviendas, pero no tienen dinero para adquirirlas. Y si aumenta el paro, más se reduce el poder adquisitivo de la clase obrera en su conjunto y más se manifiesta la crisis como crisis de sobreproducción.

Por lo tanto, "La razón última de todas las crisis reales es siempre la pobreza y la limitación del consumo de las masas frente a la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuvieran más límite que la capacidad absoluto de consumo de la sociedad".


domingo 2 de agosto de 2009

Trotsky para los que ahora tienen 20 años


Entre estos libros escoge tres que están en las librerías todavía frescos.

Uno es Años de lucha en la calle (Ed. Foca, Madrid, 2007), que dedica unas cuantas páginas a comentar su descubrimiento de la trilogía de Deutscher (El profeta armado, desarmado y fuera de la ley, que se encuentran en la editorial Lom distribuida aquí por Txalaparta), y sus relaciones con la sección de la Cuarta británica, el debate con la fracción sectaria de Healy, su impresión del IX Congreso de la Internacional celebrado en Rimini. Los recuerdos de Tariq resultan harto representativo del encuentro de la “nueva izquierda” con “El Viejo” (y con Mandel al que dedica el libro porque Ernest “siempre creyó que el verdadero significado de la vida radica en participar conscientemente en la realización de la historia”).

Otro sería la antológica de sus escritos, En defensa de la revolución, una edición de otro componente de la “vieja guardia” del 68, Jaime Pastor, en una edición de Libros de la Catarata con la revista Viento Sur. Se trata de una selección debidamente introducida y contextualizada que recoge algunos de los textos que dan sentido a la trayectoria del “gran negador”, y cuya utilidad como introducción está fuera de toda duda…

El siguiente y último sería la biografía escrita por Antonio Liz, Trotsky y su tiempo (Sepha, Málaga, 2007), una síntesis apretada del hombre y de su tiempo (1879-1940), una obra escrita desde el “descubrimiento” y la pasión, y en la que se pasa a revista a los aspectos más atacable de una biografía para la que –por decir algo- el legendario Deutscher habría necesitado al menos un volumen más, aparte de unas cuantas rectificaciones. El capítulo español podría ser ampliado por el interesante folleto sobre este punto por Andy Durgan…

Así pues, al igual que en los años sesenta, hace tiempo que vuelve a hablar de Trotsky y se editaron profusamente tanto sus libros como los más afines a su escuela. La reaparición del personaje está ligada a tres factores complementarios, el primero es su importancia como el “gran negador” del estalinismo en una etapa histórica tan determinada por la acelerada descomposición del llamado “socialismo real”, etapa en la que parece cobrar vigor lo que en su día escribió Ernest Bloch sobre la historia de la Iglesia, a saber que sí esta tenía un interés era gracias a los herejes. En segundo lugar al resurgimiento de un nuevo movimiento, el llamado altermundialista, y en el que el componente trotskista tenía una importancia, importancia que se traslucía por el peso alcanzado por formaciones afines en países como Argentina, Brasil, Francia, Portugal…Y ya en el ámbito más local, la emergencia de un movimiento de recuperación de la “memoria histórica” en la que tanto el POUM como la misma figura de Trotsky alcanzaba un peso notorio como se puede vislumbrar tanto en el terreno bibliográfico como en la Red…

Todo ello configura unas posibilidades de trabajo mucho mayor. Cuando Isaac Deutscher escribió su célebre trilogía sobre Trotsky (un retrato que marcó toda una generación de lectores), tuvo que pasar de puntillas sobre la crisis española en la que apenas sí citaba unas pocas fuentes, Décadas más tarde, en la biografía que le dedicaba Pierre Broué (en Fayard, Paris, 1989), éste contaba con bases documentales muy superiores, y podía dar fe de las numerosas erratas que contenía una trilogía con la que pretendía rivalizar, aunque no lo conseguía a nuestro parecer en dos aspectos, en la brillantez literaria (Deutscher era un gran escritor), y la capacidad de mirar al clásico más de frente, sin lo que Breton llamó el “complejo de Cordelia”, muy extendido entre los hijos de Trotsky. En los últimos tiempos estas fuentes no han hecho más que crecer, y aquí y allá van apareciendo nuevas aportaciones (por ejemplo, estudios sobre el grupo trotskista de Llerena, Extremadura), ediciones y noticias sobre Katia Landau y otras mujeres formadas en la misma escuela, sin olvidar un alud de ediciones que de una manera u otra nos llevan a las grandes controversias interpretativas sobre la guerra (y la revolución) española.

El lugar de Trotsky en estas controversias varía de peso en la medida en que la obra en cuestión da mayor o menor importancia al hecho revolucionario. De cosas, en la lo que –por cierto- conseguía ampliamente- en dicho terreno

Actualmente, la perspectiva sobre el significado histórico del personaje y el movimiento que representó es mucho mayor, y no solamente (que también, claro está) por el peso del tiempo. A diferencia de los años sesenta-setenta, hoy es posible acceder a muchísimas más fuentes, a un enriquecimiento documental que alumbra zonas que antes apenas sí se conocían, y es posible abordar las interpretaciones sobre bases más sólidas.

Al hablar de persistencia me estoy refiriendo al carácter de Guadiana de un “caso” que reaparece periódicamente. Antes de 1917, Trotsky era un desconocido más allá de la débil estela que dejó a su paso en involuntario viaje de finales de 1916. Pero con la revolución de Octubre su nombre llegó a tener una importante repercusión en los años veinte. Fue con Lenin la figura más conocida de la nueva Rusia, el jefe del ejército Rojo, el judío por excelencia en un país como éste en que estas cosas todavía llamaban la atención, y también el polemista duro cuyo debate con Kart Kautsky figuraría como el primero que se vertió en castellano, sobre las razones y sinrazones del comunismo obviamente junto con la aportación de Lenin, El renegado Kautsky y la revolución proletaria que también tendría su propia historia. Lenin y Trotsky también fueron los personajes más atrayentes para los que viajaron a la Rusia soviética…

Dado por un caballo muerto por un Stalin que no tardaría en arrepentirse de su benevolencia, Trotsky emergió desde Prinkipo como Napoleón en Elba según la acertada comparación de un periodista tan agudo como John Gunther, el primero quizás que llamó la atención sobre la enérgica presencia del “trotskismo” en las librerías de la República, y sobre el posible significado de aquel grupo de obreros e intelectuales comunistas disidentes a los que nadie parecía prestar demasiada atención como tampoco nadie se las prestó en su momento a la “troupe” de desarrapados bolcheviques exiliados y agrupados entorno a Lenin.

No obstante, aunque esto no resulta muy conocido, lo cierto es que Trotsky fue entonces utilizado como el mentor de una hipotética insurrección comunista que quitaba el sueño a la derecha, sobre todo a los que habían leído Técnicas del golpe de Estado, el best seller de Curzio Malaparte. Ampliamente traducido al castellano –con sus implicaciones en América Latina-, aún siendo minoritario el primer trotskismo español no solamente tuvo lideres reconocidos amén de una muy valorada aportación teórica –cifrada en libros y en la revista Comunismo-, también tuvo una incidencia significativa en la izquierda socialista, amén de una participación muy por encima de su capacidad numérica en la Alianza Obrera, experiencia de la que surgió el POUM en aras del cual Trotsky se quedó prácticamente sin una organización afín en España. Durante la guerra y la revolución, el “trotskismo” pasó a ser nuevamente un fantasma, pero esta vez para los delirios del estalinismo. Delirios cuyas implicaciones trágicas resonarían a través de asesinatos como el de Andreu Nin, y de diversos testimonios, en especial a través de la mayor obra literaria que produciría la guerra española: el Homenaje a Cataluña, de George Orwell. En este drama que igualmente se lleva también por delante un segundo trotskismo español –especialmente conocido por su voluntarioso papel en los acontecimientos de mayo del 37 en Barcelona-, puede hablarse de un epílogo: el de asesinato de Coyoacán con participación de estalinistas que han hecho la guerra de España, y que queda situado en la misma escala que el de Nin.

Todo esto quedaría arrasado, no solamente por la victoria franquista y sus exterminadoras consecuencias, sino también por la victoria en la Segunda Guerra Mundial de la URSS y por ende de Stalin y de lo que representaba. El comunismo que quedó y que se reconstruyó en la resistencia no quería ni oír hablar de Trotsky quien, además, fue publicado legalmente en España en una época, finales de los años cuarenta, en la que el régimen fusilaba comunistas (y anarquistas) sin contemplaciones. En uno de mis libros –Elogio de la militancia, dedicado a un comunista de base- se cuenta una anécdota que considero bastante significativa y que se sitúa allá por la mitad de los años sesenta. Un militante comunista al pasar por una librería ve un libro de León Tolstoy (sic) titulado Los crímenes de Stalin, lo compra y se lo lleva a su célula, y entre todos lo quemaron. El gesto no está muy lejano de las apreciaciones sobre Trotsky que escribiría por la misma época alguien tan emblemático como Jean-Paul Sastre. Su apreciación sobre Trotsky podía explicarse con un paralelismo con Aníbal, fue grande, llegó hasta las puertas de roma, pero el viento de la historia se lo llevó. No obstante…

Lo dicho: en los sesenta el personaje reaparece en los medios universitarios, en la franja del movimiento antifranquista más inquieto intelectualmente. Se detectan los primeros brotes de una incipiente incidencia “trotskista” en el “Felipe” del exilio parisino de la que surgirá un grupo, Acción Comunista, que defiende la aportación de Trotsky contra el estalinismo ya en pleno proceso de declive, y surge en alguna universidad un primer grupo cuartista, el POR, ligado a la valle-inclanesca figura de J. Posadas, también comienza a aparecer las primeras ediciones de las obras de Trotsky, singularmente en la más emblemática de las editoriales del siglo, Ruedo Ibérico, que también reedita a Nin y a Maurín. En los años siguientes, se publica la casi totalidad de la obra trotskiana, las del propio Trotsky…Aníbal no estaba muerto, el general cuenta sobre todo con una obra que crea escuela, y en medio de una multitud de títulos, se distinguen los que abordan la guerra y la revolución española como parte de una batalla historiográfica en la que el nombre de Pierre Broué complementa –eso sí, con las discrepancias inherentes a la historia del trotskismo después de Trotsky- que se entiende como parte de la otra cara de la República, de la cara reformista-liberal-estaliniana. Por delante y por detrás de todo este entramado se cuenta con una corriente política militante, la del tercer trotskismo, representada sobre todo por la LCR, surgida al calor de la Liga francesa. Este potencial dejará de tener una proyección activa desde mediados los años ochenta. Y como suelen decir algunos historiadores: “todo indicaba” que todo esto había acabado convertido en mera arqueología. Sin embargo…

No ha sido así, ni mucho menos. El peso de la historia revolucionaria, aunque según todos los indicativos ha sido menor que el ha logrado la conservadora (ésta ha llegado hasta poner casi contra las cuerdas a la Ilustración, a Darwin y al marxismo), no desapareció, solamente requirió una coyuntura más propicia. La referente a Trotsky siguió bastante viva en América Latina, subsistió con una presencia organizada significativa en algunos países europeos con tradición vieja (Francia) o reciente (Portugal), y subsistió también aquí sin dicha presencia. Se volvió a hablar del antiStalin en el curso de la “perestroika”, hubo un debate internacional sobre su “rehabilitación”, y volvió a ser noticia cuando significada en el cincuenta aniversario de su asesinato aunque en esa coyuntura el protagonismo –no hay más que ver el documental Asaltar los cielos- pasó hacia su asesino, Ramón Mercader, símbolo del comunismo que quiso cambiar el mundo de base y acabó asesinando precisamente a Trotsky.

El hecho fue que, aunque sea mal, se siguió hablando de Trotsky y el trotskismo. De Ken Loach o Alain Krivine, y la bibliografía pasó por Internet, y se volvió a reeditar. La descomposición del estalinismo daba lugar a una nueva percepción, y la “cuestión Trotsky” regresó por diversas temáticas, sin ir más lejos por la que nos llegaba al asunto de la “memoria histórica” dentro de la cual, aparecían dos Repúblicas, la liberal-reformista, y la revolucionaria. En esta sobresalía la CNT, pero también el POUM, y con éste “lo de Trotsky”, un punto que ya no ocupaba el lugar de uno o unos pocos asteriscos sino que adquiría una importancia central, y no es otra cosa lo que se desprende por ejemplo de la intervención de Jorge Semprún en un Congreso de historia sobre la República y la guerra con presencia de renombrados historiadores y de algún que otro ministros del gobierno de Zapatero. Semprún escogía dicha “cuestión” como punto central de su discurso aunque esta vez era para decir casi lo contrario de lo que había llagado a defender en los años sesenta, o sea que en lo referente a la guerra de España, Stalin fue quien tuvo la razón…al parecer, solamente una historiadora británica rechazó sus opiniones.

Todo esto confirmaba lo de la persistencia, y por lo tanto la reanudación de una debate sobre el que como podrán comprobar los lectores al final del libro, existe una considerable bibliografía, un terreno en la que el autor de este trabajo ha entrado prolijamente en toda clase de artículos en revistas de papel y virtuales, y sobre el que ha tratado de hacer sus propias aportaciones en diversos ensayos, uno sobre Trotsky, otro sobre los poumistas y finalmente, otro sobre George Orwell. En ellos ya ha tratado buena parte de las cuestiones que ocupan este libro, escrito tanto sobre la bases de las referencias bibliográficas como desde la experiencia como divulgador y polemista. Se podría decir pare despejar cualquier equívoco que se trata del empeño de un abogado de Trotsky que, no obstante, ya no percibe al personaje desde aquel “complejo de Cordelia” (la hija fiel del rey Lear), sino más bien de alguien que cree justa la apreciación del admirado Don Ramón Mª del Valle-Inclán según la cual no había que mirar a los clásicos de rodillas sino de cara a cara.

Supongo que cada generación tiene que hacer su propia experiencia con los clásicos, y en el caso de Trotsky, libros como los citados aparecen como lo más cercano a las que ahora comienzan a entrar en la pasión militante. Unas nuevas generaciones que arrastran obstáculos y atraso de tantas derrotas, pero que cuentan con más medios que nunca para acceder a la “gran cultura” revolucionaria, y poseen más formación de base. Es lo que explica el increíble éxito de los Campamentos de Verano de la Internacional, y el hecho de que unos muchachos y unas muchachas de poco más de veinte años puedan debatir con antiguos cuadros instalados, y en algunos casos, escribir un montón de libros sobre temas totalmente innovadores.

jueves 11 de junio de 2009

Antología de Democracia y Socialismo

Antología de Democracia y Socialismo

reflexionesdelpaseante.blogspot.com

Selección de Alexandre Carrodeguas


. ¿Qué es la democracia?

Babeuf, el primer político conscientemente socialista de la gran revolución, expuso su programa en una importante carta a su amigo Bodson escrita a principios de 1796. En esta carta Babeuf se declara absolutamente seguidor de Robespierre. Es más, se propone la tarea de resucitar a Robespierre.

“Resucita a Robespierre: significa resucitar a todos los enérgicos patriotas de la república y junto con ellos al pueblo […] El robespierrismo vive en toda la república, vive en la clase entera de los hombres capaces de juzgar y pensar con claridad y naturalmente en el pueblo. La razón es simple: el robespierrismo es la democracia, y estas dos palabras son absolutamente idénticas. Si se resucita al robespierrismo, se puede estar seguro de resucitar la democracia.”

Si en la actualidad se preguntara a un político medio o tan sólo a un hombre culto quién considera que es la personificación histórica de la democracia, sería totalmente improbable que respondiera: “Robespierre”. El hombre del terror, el jefe de la sangrienta dictadura de 1793, no es ciertamente un demócrata para la generación de nuestro tiempo. Pero para Babeuf, el sistema de Robespierre y la democracia son absolutamente la misma cosa. Este pasaje de la carta dice también algo más. Nos revela que en 1796, Babeuf consideraba democracia no solo a Robespierre sino a sí mismo. En ese período, Babeuf preparaba la violenta insurrección del pueblo francés pobre para derrocar el corrupto gobierno capitalista del Directorio y para edificar en su lugar un nuevo orden estatal basado en el principio de la propiedad común. Para Babeuf y su tiempo, estos esfuerzos son democráticos.

Medio siglo más tarde, Marx y Engels publicaban el Manifiesto Comunista. En este documento no pretendían formular una construcción docta, sino expresarse de modo que todos los obreros los entendieran. En el Manifiesto comunista de 1848 se dice: “como ya hemos visto arriba, el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital.”

Para los autores del Manifiesto comunista, pues, “la elevación del proletariado a clase dominante” coincide con la conquista de la democracia. Marx y Engels podían escribir esto en ese entonces sin temor de provocar entre las masas equívocos o confusiones. La democracia es la conquista del poder político por parte del proletariado. Esto lo hubiera podido suscribir Babeuf sin ninguna vacilación.

Con todo, alrededor de 1848, la democracia y el socialismo no coincidían completamente para Marx y Engels. El proletariado puede ejercer ciertamente el poder político en el Estado; pero esto no basta todavía para poner en práctica la comunidad de bienes correspondiente. No obstante esto, para la generación de 1848 la democracia y el socialismo, eran fuertemente afines. En octubre de 1847, Engels escribía en un artículo aparecido en la Deutsche Brusseler Zeitung:

“Los comunistas, lejos de provocar, en las actuales circunstancias, inútiles encuentros con los demócratas, se comportan como demócratas en todas las cuestiones prácticas del partido. La democracia tiene como consecuencia necesaria en todos los países avanzados el poder político del proletariado, y el poder político del proletariado es la primera condición previa de toda iniciativa comunista. Mientras no se haya conquistado la democracia, los comunistas y los demócratas combatirán codo a codo, los intereses de los demócratas serán los de los comunistas. Hasta este momento, las diferencias de los dos partidos tienen una naturaleza teórica y pueden discutirse perfectamente en forma teórica, sin que la acción común se vea perjudicada de alguna manera. Puede haber acuerdo también en algunas iniciativas que deberán emprenderse sin ninguna demora para la consecución de la democracia en beneficio de las clases oprimidas, tales como la gestión por parte del estado de la gran industria, de los ferrocarriles, de lea educación de los niños por cuenta del estado, etcétera”

Más adelante se verá con mayor exactitud todavía la diferencia entre democracia y comunismo, tal como la veían los revolucionarios de 1848. Por ahora nos basta poner de relieve la estrecha afinidad y comunidad de intereses que las dos tendencias presentaban ante el gran público en 1847. La Deutsche Brusseler Zeitung no pretendían tampoco, por otra parte, dar una lección de derecho público, sino solamente usar, y discutir los conceptos políticos que estaban en boca de todos. Compárese ahora la relación entre democracia y socialismo propia de la generación actual. En Alemania, después de la revolución de noviembre de 1918 surgió un “partido democrático”. Era el partido de los republicanos burgueses, al cual pertenecía entre otros el gran industrial y más tarde ministro Rathenau. El partido democrático alemán no tenía nada en común con los comunistas, y se consideró siempre como enemigo mortal del partido comunista alemán. En eses mismo período, el presidente Wilson, que también se consideraba un buen demócrata era, en Estados Unidos, el más encarnizado opositor de toda aspiración comunistas en el interior de la clase obrera.

Escuchemos ahora una voz del sector de los opositores de la revolución de 1848-1849. En noviembre de 1849, el diputado conservador von Bismark declaraba en la Dieta prusiana:

“Aspiran a la propiedad de la tierra no solo los que tienen temporalmente el usufructo de la misma, sino también los que no la tienen. Durante todo el pasado año las promesas de los demócratas agitaron a la numerosa clase de los jornaleros de las provincias orientales, de Pomerania y de Prusia, para formular esas exigencias. Las promesas de la posesión de la tierra hicieron posible, en las provincias que permanecían fieles, las elecciones, por ejemplo, del diputado Bucher y de sus amigos […]. Es un hecho deplorable que aumente la envidia de los jornaleros contra los campesinos poseedores, al ver que los frutos de la revolución son cosechados únicamente por los que gozan de una posición desahogada, sin ninguna ventaja para ellos. Las exigencias de los jornaleros no se limitan, de hecho, a que se les concedan los terrenos, cuyo uso constituye una parte de su salario, ya que ninguno vive solo de eso. Van más allá: pretenden la completa repartición no solo de los feudos sino también de las haciendas.”

El diputado von Bismark no quería tampoco, en ese momento, anunciar desde la tribuna de la Dieta prusiana ningún descubrimiento de derecho político. Utilizaba las expresiones políticas que todo el mundo comprendía. Para el Junker prusiano, los demócratas eran los hombres de la revolución agraria, los agitadores, rojos, que alborotaban a los trabajadores de la tierra para que se dividiera no solo la propiedad feudal sino también las propiedades más grandes. Para el Junker von Bismark, el diputado Lothar Bucher era un ejemplo típico de rebelde agrario. La historia dispuso más tarde que el Junker von Bismark se convirtiera en el canciller del Reich, en el conde Bismark y el comunista Bucher, en el consejero real de Prusia y en el colaborador más fiel y valioso de Bismark.

Una generación más tarde, Friedrich Engels escribiría en una carta de diciembre de 1884:

“En cuanto a la democracia pura y a su función en el futuro, soy de la opinión de que desempeña una función muchísima más secundaria en Alemania que en países de desarrollo industrial más antiguo. Pero esto no impide la posibilidad de que, cuando llegue el momento de la revolución. Adquiera una importancia pasajera en cuanto al más avanzado de los partidos burgueses como pretendió hacerlo en Francfort (en el partido alemán de Francfort de 1848-1849) y en cuanto última table de salvación de la economía totalmente burguesa e incluso feudal. En momentos como éste, toda la masa reaccionaria se aferra a ella y la refuerza. Todo lo que era reaccionario pasa ahora por democrático […]. En todo caso, nuestro único adversario el día de la crisis y el siguiente, será toda la reacción agrupada alrededor de la democracia pura y creo que no debe perderse de vista eso.”

Es importante que Engels no hable aquí de la “democracia” sino siga refiriéndose a la democracia “pura”. Considera evidentemente un estado burgués en el que rige ciertamente el sufragio universal, pero en la que no se ha tocado la propiedad privada. Se podría decir que ya en 1847 Engels había señalado la diferencia entre democracia y comunismo. Sin embargo, es evidente el cambio en el concepto político desde la época del artículo publicado en la revista de Bruselas hasta la carta de 1884. Para expresarlo en una forma muy sencilla: en 1847 los trabajadores socialistas y la democracia estaban del mismo lado de la barricada; en cambio en 1884, ya no. El Engels de 1884 ya no escribiría que la democracia, aun la no comunista, coincide con el poder político del proletariado. Ahora considera la posibilidad de que la democracia pueda ser baluarte de defensa desde la cual todas las corrientes de la burguesía e incluso del feudalismo impiden juntas el poder político del proletariado.

En los años ochenta, Engels se ocupó profundamente, como lo indican sus cartas, del problema de si – en caso de que se diera un proceso revolucionario en Alemania- era posible, después de la caída de la monarquía feudal y militar de los Hohoenzollern, construir directamente un estado socialista o si se llegaría antes del gobierno del estado una democracia pura, es decir, una republica burguesa capitalista. Engels, creyó que la decisión estaba en manos del ejército prusiano. Los socialistas debían tratar de conquistar al proletariado del campo con la consigna de la expropiación de las grandes propiedades y de sus transferencia a cooperativas de trabajadores de la tierra. Los reclutas de los regimientos prusianos de la guardia provenían del este del Elba. Con la consigna de una expropiación de la gran propiedad, se podían poner en crisis los regimientos en los que se apoyaban el prusianismo y el dominio de la casa Hohenzollern, en cuyo caso se podría evitar, en Alemania, la etapa intermedia de la democracia pura. Es sumamente significativo que la propuesta “expropiación de la gran propiedad y transferencia de la tierra a los peones rurales” tuviera en 1848 un valor típicamente democrático, y en cambio, la consigna debía servir ahora para evitar la “democracia pura” en Alemania.

En la guerra mundial las potencias aliada, sobre todo los Estados Unidos y el presidente Wilson aseguraban que combatían por la victoria de la democracia. Ya para entonces se acostumbraba considerar como estado democrático un estado burgués, regido con el método del sufragio universal. Se utilizaba como táctica democrática el camino de la reforma que debía alcanzarse en forma pacífica mediante la persuasión de la mayoría del pueblo, contra toda tentativa de violencia revolucionaria. Como es sabido también, después de 1918 los elementos radicales y activistas, insatisfechos con las condiciones existentes, empezaron a despreciar la democracia en todos los países. Baste recordar la propaganda bolchevique y fascista contra la democracia.

En 1923, se llegó, en Hamburgo, a una insurrección de los obreros comunistas contra el orden estatal vigente, la república democrático-burguesa. Más tarde fue sometido a juicio el secretario del partido comunista Urbhans bajo la acusación de haber provocado la insurrección. Éste se defendió con un discurso eficaz que terminó con las palabras: “Las masas dirán: es mejor arde en el fuego de la revolución que reventar en el estercolero de la democracia”.

¡Qué cambio en la evaluación de la democracia desde Babeuf hasta Urbhans! Se esgrimía en ese entonces el supuesto evidente de que una revolución violenta era un hecho democrático, sin importar el derramamiento de sangre y el terror que entrañara. En la actualidad, existe el desprecio profundo, el odio del socialista radical contra la democracia, que se le presenta como encarnación de la condición capitalista con todos sus defectos. En el transcurso de los últimos ciento cincuenta años, el concepto de democracia cambió profundamente y es preciso señalar el viraje ocurrido en el período comprendido entre 1850 y 1880.

Nuestra investigación se propone aclarar la relación entre democracia y marxismo. Existen muchas definiciones contradictorias de marxismo. Para los fines de este libro adoptamos la más simple e irrefutable: la teoría y la práctica política de Marx y Engels mismos. Éstos empezaron su actividad alrededor de 1845. Engels murió doce años después de Marx, en 1895. El problema consiste, entonces, en la relación entre democracia y marxismo durante los cincuenta años comprendidos entre 1845 y 1895.

Como se verá en forma detallada más adelante, la política obrera de Marx y Engels constituyó un enfrentamiento incesante con la democracia. Los movimientos democráticos proporcionaron siempre los fundamentos sobre los que Marx y Engels debían construir su política; por otra parte, Marx y Engels trataban constantemente de influir en los partidos y en las tendencias democráticas y de transformarlas de acuerdo a su orientación. Sería necesario, por esta razón, hacer una rápida descripción del movimiento democrático de 1845 a 1895 y en consecuencia comprobar que relación guarda el marxismo con cada una de las fases de la democracia. En el siglo pasado Francia fue el campo más importante de la lucha de clases en Europa. Marx esperaba constantemente de Francia el impulso inicial para los cambios decisivos. Por lo mismo seguiremos, de acuerdo con la concepción de Marx, de una manera más amplia la historia de las luchas de clase francesas durante estos cincuenta años.

2. Contribución a una crítica de la democracia

La democracia como una cosa en sí, como una abstracción formal no existe en la vida histórica: la democracia es siempre un movimiento político determinado, apoyado por determinadas fuerzas políticas y clases que luchan por determinados fines. Un estado democrático es, por tanto, un estado en que el movimiento democrático detenta el poder. La democracia como movimiento político se descompone en democracia socialista y democracia burguesa. La democracia social apunta al autogobierno de las masas, en el que los medios de producción socialmente importantes deben estar en manos de la colectividad. Los representantes de ese movimiento son los partidos socialistas de los siglos XIX y XX. La democracia socialista no ha sido, sin embargo, hasta ahora todavía capaz de apoderarse del poder en un estado.

La democracia burguesa apunta igualmente al autogobierno de las masas populares pero manteniendo el principio de la propiedad privada. La democracia burguesa, a diferencia de la socialista ha conquistado en los tiempos modernos el poder en una serie de estados. La democracia burguesa no es homogénea en sí misma, sino se presenta históricamente bajo cuatro formas diversas. Por una parte está la democracia social: el movimiento que pretende mantener el principio de la propiedad privada, pero apunta al poder de las masas trabajadoras en el estado, en lucha con los estados superiores feudales y capitalistas. Los estados en los que prevaleció la democracia social fueron la Francia de la época de Robespierre y los Estados Unidos bajo la presidencia de Jefferson. En el pasado reciente, una formulación clásica de la democracia social ha sido proporcionada por Lenin entre 1903 y 1914 con su doctrina de la dictadura democrática de los obreros y de los campesinos.

En antítesis con la democracia social –y naturalmente con la socialista- las otras tres formas de la democracia burguesa rechazan la lucha de clase y apuntan a un acuerdo entre el estado superior poseedor y las masas trabajadoras. Este compromiso debe buscarse en la forma imperialista y en la liberal. La democracia imperialista se propone crear, con la ayuda de una política de gran potencia e imperial, los medios para hacer posible el acuerdo entre empresarios y trabajadores. El país modelo de la democracia imperialista fue Gran Bretaña a partir de Disraeli. La democracia liberal se propone, en cambio, precisamente con el abandono de la política de potencia y de fuerza, con la paz y la libre competencia, asegurar el progreso económico y cultural de la humanidad y junto con esto encontrar los medios para el compromiso entre clases. La democracia se desarrolló en el mejor modo posible en las naciones pequeñas, como Suiza y Noruega.

La democracia colonial es, finalmente, la forma particular de la democracia burguesa en países de ultramar, en que la inmigración blanca encuentra para su colonización gigantescos espacios completamente libres o sólo escasamente habitados. El compromiso de clase se vuelve aquí posible a causa del territorio libre. Los Estados Unidos hasta 1890 aproximadamente y Canadá hasta la primera guerra mundial nos proporcionan ejemplos de democracia colonial.

La diversidad de los distintos tipos de movimientos democráticos modernos es extraordinariamente grande. Pertenecen a la historia de la democracia moderna los bolcheviques de Lenin y los republicanos progresistas de Th. Roosevelt y el movimiento para la reforma aduanal de Chamberlain. Los movimientos democráticos Gobiernan en los cantones serranos suizos, en los poblados de pescadores de la costa de noruega y en los distritos industriales de Lancanshire. Esto permite ver la poca utilidad que tiene dar una formulación uniforme y universal de la democracia. Sólo la investigación individual precisa del tipo particular de democracia en cuestión puede facilitar la comprensión histórica y política de la misma.

Un estado democrático es, por consiguiente, una colectividad en la que una de las formas mencionadas de democracia burguesa moderna detenta el poder. Si se quiere evaluar correctamente la realidad social de un estado, no basta observar la constitución escrita o tradicional vigente, sino es preciso observar cómo funcionan realmente las instituciones del estado, cómo se relacionan entre sí las distintas clases y quién detenta verdaderamente el poder del estado en un momento dado. Aristóteles describió la forma clásica de semejante investigación del estado. No se contentó nunca con explicar simplemente que un estado es oligarquía o democracia, monarquía o república, sino indagó de la manera más precisa posible en cada uno de los casos, las condiciones sociales reales y comprobó quién tenía realmente el poder.

El estado feudal medieval era unívoco en cuanta tipología. Del mismo modo, un estado socialista debería ser una forma unívoca. Los estados democráticos modernos, en cambio, tienen en común con las otras formas del estado burgués el hecho importantísimo de la propiedad privada. No es pues de ninguna manera sencilla establecer en los estados que coinciden en este principio económico fundamental dónde termina la democracia y dónde empieza la oligarquía. El desarrollo social moderno produjo conexiones y fenómenos de compromiso tan complicados, que no siempre es fácil emitir un juicio. Las fuerzas sociales cambian incesantemente, aun cuando los incisos de la constitución sigan siendo los mismos. La constitución de los Estados Unidos es igual, salvo pocos cambios, a la época de Washington, pero ¡qué número tan grande de cambios se ha producido en la sociedad americana y por lo mismo en la constitución real americana desde entonces!

Los estados en que domina la democracia social se pueden examinar de una manera relativamente fácil. La guillotina de Robespierre y las medidas económicas de Jefferson contra el capital financiero son bastantes unívocas. Es mucho más difícil el problema de los otros tres tipos de democracia burguesa, que se basan todos –o por lo menos intentan basarse- en el compromiso entre capital y trabajo, entre ricos y pobres.

¿Qué cosa tienen en común estos tres tipos entre sí, y con la democracia social? Una definición que se apoye sólo en los datos empíricos del desarrollo histórico podría ser más o menos la siguiente: también en el estado burgués democrático la propiedad privada capitalistas, sin embargo, establecen un compromiso político con los obreros y la libre voluntad de las dos partes y la concepción de la necesidad económica sostienen este compromiso. No existe sin embargo ninguna constricción física determinante, fuera de la libre voluntad y del juicio sobre las necesidades económicas, que obligue a las masas al compromiso, Cuando los estratos superiores ponen en la mesa de las discusiones también un prepotente fuerza militar y policiaca, deja de existir el compromiso. Entonces la preponderancia de los estratos superiores es tan fuerte que las masas trabajadoras ya no pueden esperar una participación equilibrada.

No es ciertamente casual que todos los países que pudieron desarrollar formas estables de democracia burguesa, como los Estados Unidos, Inglaterra y sus dominios, Suiza y Noruega, tengan puntos en común. Antes de 1914 y durante el período de paz todos tenían únicamente una modesta fuerza militar de paz todos tenían únicamente una modesta fuerza militar permanente y una administración descentralizada altamente desarrollada. Si se comparan los Estados Unidos con la Francia de la generación anterior a la guerra, las dos repúblicas presentan una mezcla de elementos democráticos y antidemocráticos. Si se piensa en la gestión corrompida de varias ciudades americanas y en lo que sucedía durante algunas huelgas en los Estados Unidos, Se compuerta entonces el predominio absoluto de las fuerzas antidemocráticas. No obstante, en ese período la situación de los Estados Unidos era totalmente distinta de la francesa. En una ciudad americana los políticos corruptos podían llegar al poder sólo porque la masa de los habitantes era indiferente a los acontecimientos públicos. Pero tan pronto como la corrupción y la mala administración económica llegaban y a ser exageradas, la mayoría de los obreros, de los comerciantes, etc., se sublevaba. Nacía un movimiento de reforma: en las siguientes elecciones se expulsaba a los políticos corrompidos y empezaba un nuevo período de rigurosa “ limpieza” para librar la ciudad o el estado de la corrupción. Esto sucedía hasta que las energías de la burguesía se adormecían nuevamente y los politiqueros salían adelante. En todo caso, ninguno podía contraponerse, en Norteamérica, a la decidida voluntad de la mayoría de los ciudadanos, si éstos se unían y atacaban al enemigo. En esto no juega ningún papel el ejército federal americano.

En Francia, en cambio, el ejército permanente hasta 1914 constituyó siempre la gran incógnita en todas las luchas políticas por el poder. Todas las crisis de la Tercera República, desde su comienzo hasta la guerra mundial, estaban ligadas al ejército: la crisis de Mac Mahon, la crisis de Boulanger, el asunto Dreyfus, y finalmente también la lucha por el pacto de tres años. Para Francia la conservación de un fuerte ejército permanente era una necesidad frente al vecino alemán, tan poderoso desde el punto de vista militar. Los Estados Unidos, en cambio, estaban en la situación afortunada de no tener que temer en su continente a ningún enemigo. La situación distinta de los Estados Unidos y de Francia, desde el punto de vista militar, acarreó necesariamente consigo también una diversa constitución de las fuerzas sociales. Añádase a esto la diferencia entre el blando federalismo que rige a los Estados Unidos y el duro centralismo tradicional de la máquina estatal francesa. Ciertamente el capitalismo americano anterior a 1914 estaba mucho más fuertemente concentrado y era mucho más poderoso que el francés. Pero el gran capitalismo francés, fuera de la economía en sentido estricto, tenía aliados de los que carecía el gran capital americano. Por esto, a pesar de los múltiples rasgos negativos individuales de la vida pública americana, la democracia burguesa de los Estados Unidos era mucho más sólida y segura que la francesa.

Se descubre cierta afinidad entre la democracia y el tipo de estado que puede describirse como “comunal”. En los breves períodos de guerra abierta o de guerra civil también un movimiento democrático tiene necesidad de un fuerte poder centralizado, del mismo tipo que el de 1793, para consolidarse. En cambio en los períodos mas largos –como enseña la experiencia histórica- una colectividad democrática solo se mantiene si los elementos locales de la autoadministración tienen el predominio. Surgen notorias dificultades prácticas cuando se deben unir el principio democrático de la autonomía local con las exigencias de un gran estado moderno y el de la organización unitaria de la gran economía moderna. El desarrollo del imperio británico y de los Estados Unidos muestra, sin embargo, que estas dificultades no son insuperables.

Una cuestión muy debatida es la relación de la democracia con la llamada legalidad. ¿La democracia en cuanto tal es una forma de estado que garantiza más que ninguna otra un desarrollo pacífico?¿Es lícito hablar de un método democrático. Todo estado, cualquiera que sea su constitución, se presenta como garante de la legalidad. Exige que sus leyes sean respetadas por todos los ciudadanos y persigue como traidor a cualquiera que pretenda modificar las leyes de una manera violenta. Esto es válido tanto para el estado democrático como para cualquier otro. Una monarquía absoluta o una oligarquía capitalista pueden conservar por largos períodos una legalidad ordenada en la misma forma que una democracia. La monarquía absoluta de Prusia, por ejemplo, tuvo durante siglo y medio , desde su fundación hasta la revolución de 1848, un desarrollo interno absolutamente imperturbado y pacífico dentro del espíritu de la legalidad. Las reformas necesarias fueron introducidas por el monarca absoluto bajo la forma de nuevas leyes. Del mismo modo, Inglaterra tuvo un desarrollo legal absolutamente tranquilo, desde 1688 hasta 1867, bajo el poder de la minoría capitalista. El estado democrático no puede, por consiguiente, aducir ninguna pretensión de superioridad en lo referente a la legalidad, sobre las demás formas de estado. Dígase lo mismo de la solución de cuestiones controvertidas no por medio de la violencia sino con la votación y la decisión de la mayoría. Esto vale tanto para la democracia como para cualquier otro estado que tengo un cuerpo represivo gobernante. Inglaterra, que fue la primera en convertirse en democracia burguesa, estuvo regida en tiempos de paz por deliberaciones mayoritarias de las cámaras altas y baja. Del mismo modo, Suiza gozó de un desarrollo pacífico durante cuatrocientos años gracias a las decisiones de voto de una asamblea de los órdenes feudales, que después se transformó orgánicamente en un parlamento moderno. Los opositores de una forma de estado existente tienden siempre a poner en duda su legalidad. Cuando el estado es atacado con violencia debe defenderse también con violencia. Esto vale tanto para el estado democrático como para cualquier otro, y desde este punto de vista no existe una peculiaridad de la democracia.

El movimiento democrático, exactamente como cualquier otra tendencia política, utiliza los medios más variados para realizar sus fines. La historia de la democracia francesa desde 1789 hasta 1871 está escrita literalmente con sangre. Los demócratas de Norteamérica llevaron a cabo la guerra civil mas grande de todos los tiempos para consolidar su forma de estado. Los demócratas de Suiza se impusieron antes de 1847 con el uso de la fuerza sin miramientos tanto en los cantones como en la federación. La democracia de Noruega debe su existencia a la revolución de 1905, que puedo llevarse a cabo sin derramamiento de sangre, pero que no obstante representó una ruptura radical y unilateral de la legalidad constitucional. En Gran Bretaña finalmente los protestantes del Ulster permanecieron de 1912 a 1914 firmemente decididos a rechazar una decisión parlamentaria mayoritaria, que les parecía inaceptable, y se prepararon para rechazar con las armas las consecuencias de una ley británica sobre la autonomía de Irlanda. Los obreros, agricultores y comerciantes de Ulster, que se reunieron bajo la dirección de Carson, estaban orgullosos de las tradiciones democráticas británicas, sin embargo estaban convencidos de que no había otra salida que la violencia armada y la mitad de la población inglesa simpatizó con ellos. La historia enseña que la democracia ha utilizado, de acuerdo con las circunstancias de un determinado país o de un determinado período métodos violentos o no violentos, exactamente como cualquier otro movimiento político. El error de que la democracia sea la encarnación de la no violencia surgió en tiempos mas recientes porque se confundió la democracia en general con un tipo particular de democracia, o sea con la democracia liberal del último siglo.

Para un observador histórico es imposible hablar de la ruina de la “democracia” en sí, en nuestros tiempos, por que no existe una “democracia” en sí. Sólo se derrumbó una forma particular de democracia, débil desde el principio, que en este libro se describió como democracia liberal. Para evitar cualquier equivocación, hay que señalar una vez más que con esto no se entiende el pensamiento liberal en su esquema general de valores. En cuanto tal –si se prescinde de cualquier política particular de partido- expresa el derecho del individuo a su libre desarrollo, y pertenece al patrimonio más precios de la civilización humana.

Pero en cierto modo se trata de una forma absolutamente determinada y limitada de democracia burguesa que esperaba , junto con la paz, la libre competencia , la libertad de comercio y la legalidad parlamentara para resolver todos los conflictos de la época. Esta forma particular de democracia ha llegado definitivamente a su fin. Como lo señala, sin embargo, la historia, a partir de la derrota de una tendencia democrática renacen siempre otras formas de autogobierno de las masas. No existe ningún motivo para que esto no suceda en el futuro. La masa trabajadora, o la gran mayoría de la humanidad, deberá darse cuenta gradualmente, en todos los países, de que su autogobernó es la condición previa necesaria para alcanzar un digno nivel de existencia. Se puede comparar en la actualidad la situación de las masas trabajadoras de las ciudades y del campo, por ejemplo de Suiza y de Australia, con la condición de las masas de Italia y de Polonia para comprender el valor de la democracia.

La investigación histórica enseña, finalmente, que ninguna de las colectividades democráticas que existían antes de 1914 ha desaparecido en la crisis actual. Y muestra una gran fuerza de resistencia ahí donde la autodeterminación democrática no ha sido decretada mecánicamente por la proclamación de la república o por el sufragio universal, sino ha surgido históricamente de la vida del pueblo trabajador. En nuestra época una democracia que sea verdaderamente tal, no ha caído hasta ahora en la ruina.

[1] Publicada en 1926 por Revista de Occidente. También se lo puede encontrar digitalizado en Espai Marx.

[2] Recientemente traducido al castellano por la editorial española El viejo topo, con un excelente prologo de Joaquin Miras. El prólogo también se lo puede encontrar en Espai Marx

http://www.moviments.net/espaimarx/index.php?lang=cat&query=019d385eb67632a7e958e23f24bd07d7&view=section

[3] Número 70º de la colección de Pasado y Presente, editado en 1981 y traducido por José Aricó. Acompaña una introducción de Ernesto Ragionieri

[4] Publicado por ed. Martinez Roca como: “Fascismo y Capitalismo”, Autores Varios, compilación de Wolfang Abendrtoth. En el año 1976

[5] Conocemos tres ediciones distintas. La primera de ed. Claridad en el año 1966, traducido por Emmanuel Suda. Pasado y Presente vuelve a presentarlo, en una edición ampliada(nº86), en el año 1981, con traducción de Alfonso García Ruiz y una introducción de Gian Enrico Rusconi. Será editado próximamente por ed. El Viejo Topo con una completa introducción de Antoni Domènech.

viernes 13 de marzo de 2009

Escrito por Carlos Marx entre el 22 y el 29 de noviembre de 1864 "Carta a Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de América"


www.ddooss.org/articulos/textos/Marx.htm

Publicado en "The Bee-Hive. Traducido del inglés. Newspaper", núm. 169, del 7 de enero de 1865. El "Mensaje" de la Asociación Internacional de Trabajadores a A. Lincoln, Presidente de los EE.UU., con motivo de su segunda elección al cargo de Presidente, fue escrito por Marx de acuerdo con la decisión del Consejo General, en el momento más álgido de la guerra civil de los EE.UU., este "Mensaje" tuvo mucha significación.


Muy señor mío:

Saludamos al pueblo americano con motivo de la reelección de Ud. por una gran mayoría. Si bien la consigna moderada de su primera elección era la resistencia frente al poderío de los esclavistas, el triunfante grito de guerra de su reelección es: ¡muera el esclavismo!

Desde el comienzo de la titánica batalla en América, los obreros de Europa han sentido instintivamente que los destinos de su clase estaban ligados a la bandera estrellada. ¿Acaso la lucha por los territorios que dio comienzo a esta dura epopeya no debía decidir si el suelo virgen de los infinitos espacios sería ofrecido al trabajo del colono o deshonrado por el paso del capataz de esclavos?

Cuando la oligarquía de 300.000 esclavistas se abrevió por vez primera en los anales del mundo a escribir la palabra «esclavitud» en la bandera de una rebelión armada, cuando en los mismos lugares en que había nacido por primera vez, hace cerca de cien años, la idea de una gran República Democrática, en que había sido proclamada la primera Declaración de los Derechos del Hombre [1] y se había dado el primer impulso a la revolución europea del siglo XVIII, cuando, en esos mismos lugares, la contrarrevolución se vanagloriaba con invariable perseverancia de haber acabado con las «ideas reinantes en los tiempos de la creación de la constitución precedente», declarando que «la esclavitud era una institución caritativa, la única solución, en realidad, del gran problema de las relaciones entre el capital y el trabajo», y proclamaba cínicamente el derecho de propiedad sobre el hombre «piedra angular del nuevo edificio», la clase trabajadora de Europa comprendió de golpe, ya antes de que la intercesión fanática de las clases superiores en favor de los aristócratas confederados le sirviese de siniestra advertencia, que la rebelión de los esclavistas sonaría como rebato para la cruzada general de la propiedad contra el trabajo y que los destinos de los trabajadores, sus esperanzas en el porvenir e incluso sus conquistas pasadas se ponían en tela de juicio en esa grandiosa guerra del otro lado del Atlántico.

Por eso la clase obrera soportó por doquier pacientemente las privaciones a que le había condenado la crisis del algodón [2], se opuso con entusiasmo a la intervención en favor del esclavismo que reclamaban enérgicamente los potentados, y en la mayoría de los países de Europa derramó su parte de sangre por la causa justa. Mientras los trabajadores, la auténtica fuerza política del Norte, permitían a la esclavitud denigrar su propia república, mientras ante el negro, al que compraban y vendían, sin preguntar su asenso, se pavoneaban del alto privilegio que tenía el obrero blanco de poder venderse a sí mismo y de elegirse el amo, no estaban en condiciones de lograr la verdadera libertad del trabajo ni de prestar apoyo a sus hermanos europeos en la lucha por la emancipación; pero ese obstáculo en el camino del progreso ha sido barrido por la marea sangrienta de la guerra civil [3]. Los obreros de Europa tienen la firme convicción de que, del mismo modo que la guerra de la Independencia [4] en América ha dado comienzo a una nueva era de la dominación de la burguesía, la guerra americana contra el esclavismo inaugurará la era de la dominación de la clase obrera. Ellos ven el presagio de esa época venidera en que a Abraham Lincoln, hijo honrado de la clase obrera, le ha tocado la misión de llevar a su país a través de los combates sin precedente por la liberación de una raza esclavizada y la transformación del régimen social.

NOTAS

[1] Se trata de la "Declaración de la independencia" adoptada el 4 de julio de 1776, en el Congreso de Filadelfia, por los delegados de 13 colonias inglesas en América del Norte. Se proclama en ella que las colonias norteamericanas se separan de Inglaterra para constituir una república independiente: los Estados Unidos de América. En dicho documento se formulan principios democrático-burgueses, como la libertad del individuo, la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la soberanía del pueblo, etc. Sin embargo, la burguesía y los grandes propietarios de tierras norteamericanos vulneraban desde el comienzo los derechos democráticos proclamados en la Declaración, apartaban a las masas populares de la participación en la vida política y conservaron la esclavitud. Los negros, que formaban una parte considerable de la población de la república, quedaron privados de los derechos humanos elementales.-

[2] La crisis del algodón fue provocada por el cese de los envíos de algodón desde América por causa del bloqueo de los Estados esclavistas meridionales por la flota del Norte durante la guerra civil. Una gran parte de la industria de tejidos de algodón de Europa estuvo paralizada, lo cual repercutió gravemente en la situación de los obreros. Pese a todas las privaciones, el proletariado europeo apoyaba resueltamente a los Estados del Norte.-

[3] La guerra civil de Norteamérica (1861-1865) se libró entre los Estados industriales del Norte y los sublevados Estados esclavistas del Sur. La clase obrera se Inglaterra se opuso a la política de la burguesía nacional, que apoyaba a los plantadores esclavistas, e impidió con su acción la intervención de Inglaterra en esa contienda.-

[4] La guerra de la Independencia de las colonias norteamericanas de Inglaterra (1775-1783) contra la dominación inglesa debió su origen a la aspiración de la joven nación burguesa norteamericana a la independencia y a la supresión de los obstáculos que impedían el desarrollo del capitalismo. Como resultado de la victoria de los norteamericanos se formó un Estado burgués independiente: los Estados Unidos de América.-

Más noticias sobre las angustias del capitalismo

Fidel Castro Ruz

Leía hoy los cables del 11 de marzo. Seguían lloviendo informaciones sobre la crisis económica internacional.

Esta vez habló el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, conocido economista, muy citado por la prensa y los medios académicos. La Agencia de Noticias francesa AFP habla de su declaración de ayer en la ciudad de Sao Paulo, Brasil.

“El paquete estadounidense de rescate económico del presidente Barack Obama de más de 700 000 millones de dólares es ‘mucho mejor que la respuesta de Bush en el 2008’, pero ‘no es suficiente y la crisis será peor’.

“Debemos ver las cosas en perspectiva. (El presidente George W.) Bush estaba paralizado y las cosas empeoraban cada día sin que hiciera nada.

“Recordó que ‘muchos países emergentes se han convertido en víctimas inocentes de la crisis. La ironía es que mientras el gobierno estadounidense daba lecciones sobre reglas e instituciones en los países emergentes, sus políticas eran un fracaso total’.

“ ’ A causa de eso, la crisis es hoy severa en todo el mundo y países como Brasil van a sufrir de verdad’, señaló Stiglitz al diario, que lo consultó sobre la caída de 3,6% de la economía brasileña en el cuarto trimestre del año pasado, la más fuerte desde igual período de 1996, y divulgada el martes.

“ Alertó además que pese a que ‘hay un acuerdo global de no recurrir al proteccionismo’ muchos paquetes de auxilio ‘tienen medidas proteccionistas en su base y quien más sufrirá serán los países en desarrollo'.

La agencia Reuters informa que “Severstal, la mayor siderúrgica de Rusia, anunció el miércoles que planea eliminar entre 9 000 y 9 500 empleos en las acerías de su país, en respuesta a la débil demanda mundial, y que también haría despidos en sus minas de carbón y mineral de hierro.

“Las siderúrgicas rusas se unieron a sus rivales de otros países en recortar su producción durante el cuarto trimestre, aunque hasta ahora habían evitado los despidos masivos debido a la naturaleza políticamente sensible de tal medida.

“’También se planean reducciones adicionales de empleos en sus yacimientos de carbón y mineral de hierro en Rusia’, dijo Mordashov.

“Severstal ha disminuido su producción en varias plantas de Rusia, Italia y Estados Unidos durante los últimos meses, debido a la baja en la demanda de acero. En febrero, reportó que la producción de acero crudo en el cuarto trimestre cayó un 48 por ciento respecto al período anterior.

Esa misma agencia, en un cable procedente de Dar es Salaam, publica que:

“’ China puede guiar al mundo fuera de la crisis económica gracias a sus saludables reservas internacionales, su gran superávit comercial y sus masivas inversiones alrededor del mundo’, dijo un asesor del secretario general de Naciones Unidas.

“Hasta ahora China ha soportado la turbulencia económica mejor que Europa o Estados Unidos, aunque la caída de las dos últimas economías dañó mucho a su sector exportador, provocando cierres de fábricas y pérdida de empleos.

“’Espero que China pueda guiar al mundo fuera de esta crisis primero’, dijo Jeffrey Sachs, asesor del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, en una en trevista con Reuters la tarde del martes.

“Ellos no tenían una burbuja tan grande como en Estados Unidos o Europa. China tiene grandes cantidades de reservas de divisas, un gran superávit comercial, mucha inversión. China tiene los medios para iniciar primero la recuperación. Si eso tiene éxito este año, entonces se extendería a otras economías.

“China, la tercera economía mundial, usualmente maneja un superávit de cuenta corriente, con vastas exportaciones e importaciones relativamente limitadas.

“La información económica dada a conocer el miércoles mostró que las exportaciones chinas tambalearon en febrero debido a que el país sintió todo el impacto de la crisis financiera global, pero el gasto de capital se aceleró con la ayuda del paquete de estímulo masivo del Gobierno.

“El país posee cerca de 2 billones de dólares en reservas de divisas. Su actual superávit de cuenta corriente se ubicó en 440 000 millones de dólares hacia el final del 2008, hasta un 20 por ciento sobre el del año anterior, según estadísticas oficiales.

“La ONU ha dicho que se necesitarían 72 000 millones de dólares para ayudar a África, una fracción de lo que los Gobiernos de Europa y Estados Unidos han puesto para resucitar sus economías.”

Ninguna esperanza para los países del Tercer Mundo viene de Nueva York o Washington.

jueves 5 de febrero de 2009

cubainformacion.tv



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sábado 24 de enero de 2009